Todo Rey tiene derecho a establecer leyes y dar órdenes cuya puntual
observancia obligan en estricta justicia a todos sus vasallos y súbditos. –
Nuestro Rey de Amor ha establecido una Ley, un Mandamiento único, que es todo
Amor; por eso se le llama el Mandamiento de Amor.
Este Mandamiento
único encierra la práctica de todas las virtudes, y todas las perfecciones
están incluidas en él. – Jesús lo dio a sus Apóstoles (y en ellos a todos los
suyos), después de la institución de su Sacramento de Amor, – después de haber
asegurado su presencia eucarística, perpetua y real, en medio de ellos… – “Hijitos míos, dice con el más
conmovedor y tierno acento; un nuevo
Mandamiento os doy: que os améis los unos a los otros”.
Y añade todavía: – que como Yo
os he amado, os améis recíprocamente”.
Y cuántas veces aún, durante aquel admirable discurso que pronunció
después de la Cena, volverá Jesús a insistir sobre estas mismas palabras: “Este es el Mandamiento que os doy, que os
améis los unos a los otros como Yo os he amado”. – “Lo que yo ordeno es que os
améis los unos a los otros”. Jesús designa además este amor mutuo para
“distintivo”, por el que han de reconocerse sus verdaderos discípulos: “Conocerán que sois mis discípulos, por el
amor que os tengáis los unos a los otros”. (Joan. 12-35).
¿Es, pues, realmente, ese el distintivo característico de los que hoy
día se dicen cristianos? Casi puede afirmarse, que entre los que llevan este
glorioso título y frecuentan más la Iglesia y los Sacramentos, entre las
personas que se dicen devotas, es donde peor se cumple este punto esencial y
fundamental de nuestra Religión.
No nos atreveríamos a
tocar con la mano un corporal… trataríamos de evitar con gran cuidado que la
menor partícula de polvo cayera sobre él; y en cambio, no tenemos ningún
escrúpulo para manchar nuestra lengua (que ha de recibir al día siguiente la
Sagrada Forma), con toda clase de murmuraciones y palabras, que descubren las
imperfecciones y defectos del prójimo y causan su deshonra y menosprecio.
“De la abundancia del
corazón habla la boca”, – y puede juzgarse del corazón por las conversaciones…
¡Qué motivo de confusión para nosotros, considerando la conducta que hemos
observado hasta aquí!
Aún entre los apóstoles del Rey de Amor, ¡cuántos hay que no observan
este mandamiento suyo! ¡Cuántos que anhelan establecer en el mundo su reinado…
cuando ni siquiera reina dentro de su corazón!... ¡Cuántos que con su conducta
personal contradicen lo que luego aconsejan ellos a los demás!...
¿No son, acaso, en
esto, semejantes a los escribas y fariseos, que se ocupaban tanto de purificar
exteriormente los vasos sagrados, y hacían constante ostentación de su religión
y de su celo, que no se ejercía sino sobre los demás?
Por la caridad del corazón, mide Jesús la calidad de sus amigos; y el más alto grado de esta virtud, y la grandeza de nuestro privilegio, nosotros mismos hemos de adquirirla.
“Los pacíficos, serán llamados hijos de Dios” según dijo el Señor; es decir, aquellos que tienen paz en su corazón y que proporcionan paz a sus semejantes.
Para alentar y mover a la práctica de este Mandamiento, Jesús alega poderosas razones y magníficas promesas; pero también pronuncia terribles amenazas para aquellos que falten a este deber sagrado de la caridad.
“Si vuestra justicia no fuere más abundante que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los Cielos”, dijo Jesús, y: “el que se encoleriza contra su hermano merece ser castigado por los jueces: aquel que diga a su hermano RACA (necio) merecerá ser castigado por el consejo; aquel que le dijere loco, merece ser arrojado en la GEHENNA (infierno de fuego).
¡Con qué cuidado no deberemos evitar todo rencor y cólera!...
– Acordémonos también de las palabras de Jesús acerca del siervo que debía diez mil talentos, y que no habiendo querido perdonar la deuda de su compañero, fue entregado a los ejecutores de la justicia, hasta que hubiese él pagado toda la suya: “Así os tratará mi Padre celestial, si cada uno de vosotros no perdona de corazón a sus hermanos”.
– Y aquella otra palabra del Señor a aquel que en el momento de presentar su ofrenda en el altar recuerda que su hermano tiene algo contra él: “que deje allí la ofrenda, para ir a reconciliarse enseguida con el ofendido, volviendo luego a presentar su ofrenda”.
Sí Jesús había insistido tanto durante su vida mortal con el ejercicio de la caridad, ¡con cuánto mayor empeño lo hace en la última Cena, noche de intimidad y despedida hacia sus discípulos, queriendo mover sus corazones con las palabras más tiernas y delicadas!... – Después de haberles dado su mandamiento, – su signo, les hace la promesa de concederles, a su vez, cuanto le pidan; les puntualiza su voluntad, su necesidad: “si me amáis, guardad mis mandamientos” (ese mandamiento que acaba de darles: que se amen).
Después, para animarlos, les dice: ¡ya veis lo que os pido! Si me amáis… Yo, que tanto os amo, para probaros mi amor, rogaré al Padre, y Él os enviará el Espíritu consolador…
Jesús los anima con una bondad y una solicitud incomparables: les asegura que no los dejará huérfanos ¡qué volverá! Y que entonces conocerán la verdad.
Después insiste de nuevo sobre el cumplimiento de su palabra de Amor: – Como expresión, como prueba de amor que le tengan, les dice: “El que guarda mis mandamientos, ese es el que me ama”. Como si quisiera decir: “El que ama a su hermano, ese es el que me ama a mí” – Y completa este mandamiento, por último, con una promesa… pero… ¡qué promesa!: “A aquél que me ame, mi Padre le amará, y Yo me manifestaré a él”.
– Y al preguntarle los discípulos, por qué se manifestaría a ellos y no al mundo, Jesús insiste todavía, diciendo, que “si alguno le ama guardará sus palabras, su mandato de amor”, y añade: “Nosotros (la Santísima Trinidad) vendremos a él, y haremos en él nuestra morada”.
¡Qué portento de amor! ¡Si nosotros amamos, como Jesús nos ha amado, la Santísima Trinidad – el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo – vendrá a hacer su morada en nosotros; y claramente Jesús termina diciendo: “Aquel que no me ama, no guarda mis palabras”, dando a entender, que el que no las guarda demuestra que no le ama.
En este admirable discurso de la Cena, Jesús no sabe hablar más que de su amor, de sus gracias, de su unión… “La gloria de mi Padre, está en que seáis mis discípulos y deis mucho fruto”. Anteriormente acaba de enseñarles, que para dar mucho fruto, era necesario permanecer en Él: “El que permanezca unido conmigo y Yo con él, dará mucho fruto”; y ahora les indica que el medio de permanecer en su amor consiste en guardar sus mandamientos: “Si observáis mis preceptos, perseveraréis en mi amor”.
Maravilloso engranaje, que queda resumido en estas palabras: “Si os amáis los unos a los otros, daréis mucho fruto, y con ellos procuraréis la gloria de mi Padre”; o de este otro modo: “A los que deseáis procurar la gloria de mi Padre, os indicaré que el medio consiste en llevar mucho fruto: y lo llevaréis, si os amáis los unos a los otros”.
¡Qué poderoso estímulo para el amor… para practicar la caridad!
Luego, insistiendo aún en la explicación de su mandamiento, indica el medio más excelente para probarnos su amor: – “Nadie tiene mayor amor que aquel que da la vida por sus amigos…”.
– “Seréis mis amigos, si hacéis lo que yo os mando…”
¿Cuáles son, pues, los amigos de Jesús?... Los que se aman los unos a los otros… – ¡Un privilegio más!
–Seguidamente Jesús asegura a aquellos a quienes Él ha escogido para amigos (y que, por tanto, se aman mutuamente), que el Padre les concederá todo lo que le pidan en su nombre.
–Repetidas veces habla Jesús de su mandamiento de Amor, del amor que debemos tenernos.
He aquí un resumen de sus promesas a los que observan fielmente dicho Mandamiento, imitando su amor hacia nosotros…
1º Los reconocerá por discípulos suyos (llevando su sello).
2º Rogará al Padre y les enviará el Espíritu Consolador.
3º Le conocerán a Él, y estará y permanecerá Él en medio de ellos.
4º No quedarán huérfanos, sino que Jesús vendrá a ellos.
5º El que ama a su prójimo, será amado de su Padre.
6º Jesús le amará también y se manifestará a él.
7º El Padre le amará, y con Él y el Espíritu Santo vendrán a él y harán en él su morada.
8º Permanecerá en el amor de Jesús.
9º Llevará mucho fruto.
10º Procurará la gloria del Padre.
11º Será el amigo predilecto de Jesús.
12º Jesús le hará conocer lo que Él ha recibido de su Padre.
¿No son estos bienes sobremanera excelentes, apetecibles y envidiables… aparte de las promesas que preceden, recogidas en el Evangelio: de que seremos tratados con misericordia; que empleará con nosotros la misma medida con que hubiéramos medido a los demás – que seremos perdonados en la forma en que nosotros perdonásemos –, de no ser juzgados ni condenados si nosotros no juzgamos ni condenamos a los demás?...
¿Qué más podemos nosotros desear ante estas magníficas promesas? – y ¿dónde podremos encontrar otras, que puedan compararse con éstas, que se han hecho a los que practiquen la caridad?
San Pablo, instruido en la escuela del Divino Maestro, nos explica muy
bien en qué consiste la verdadera caridad, pues con harta frecuencia se ignora;
se toma un fantasma por la realidad; el cuerpo, por el espíritu.
Las buenas obras son
útiles, indudablemente, necesarias y meritorias: pero deben ir siempre
acompañadas del amor mutuo, recomendado por Jesús.
–“Aún cuando Yo hablase todas las lenguas de los hombres, las de los
ángeles, si no tengo caridad, soy como el bronce del címbalo que resuena; aun
cuando tuviera el don de profecía y comprendiese todos los misterios, y
poseyera todas las ciencias; y aunque mi fe fuera tan grande que fuese capaz de
transportar montañas… si no tengo caridad… ¡no soy nada! Aun cuando
distribuyera todos mis bienes para socorrer a los pobres; aunque entregase mi
cuerpo a las llamas, si no tengo caridad… de nada me sirve todo esto”, (I
Cor. 13). Describe entonces la caridad con palabras breves y precisas.
“La caridad es
paciente, benigna, no es desconsiderada ni envidiosa; no busca su propio
interés; no se hincha de orgullo; no se irrita, no guarda rencor, ni se goza en
la injusticia, sino que se complace en la verdad, lo excusa todo, lo cree todo,
lo espera todo y lo soporta todo…” (Ibíd.)
Tal es el espejo
donde hemos de mirarnos, examinando atenta y frecuentemente en qué grado
poseemos esta hermosa virtud; pues al decir de San Francisco de Sales, hay
herejes contra la caridad, como los hay en materia de fe: y el que se negase
voluntariamente a reconocer y practicar en un solo punto esta virtud, no podría
ser reconocido como discípulo de Jesús.
¿Quiere decir esto
que los discípulos de Jesús nada tendrán que sufrir si practican este
Mandamiento de Amor? – Lejos de eso, sufrirán, contradicciones y persecuciones;
tendrán enemigos: “Vendrá un tiempo, dijo
el Señor, en que hasta creerán hacer una
obra agradable a Dios, dándoos la muerte. (Condenándoos y entorpeciendo vuestra
obra).
Por nuestra parte, debemos esforzarnos constantemente por llevar a la
práctica las enseñanzas que nos dio el Divino Maestro ¡Tan bueno y
Misericordioso! (y que Él fue el primero en practicar): devolviendo bien por
mal – rogando por los que nos persiguen –, perdonando las injurias –, amando a
nuestros enemigos –, haciendo el bien desinteresadamente, sin esperar
retribución ninguna –, no arredrando al que solicita nuestro préstamo –,
dejándole también el manto al que quisiera tomar nuestra túnica –, volviendo la
mejilla izquierda al que nos hiere en la derecha –, y yendo dos mil pasos con
el que quiere obligarnos a andar mil.
Tal es, en síntesis,
la gran doctrina de caridad, resumida en estas cortas líneas, y las grandes
lecciones de nuestro adorado Maestro el Redentor.
Pidamos para todos
cuantos lean estas páginas una nueva luz de gracia y de amor; para enderezarse,
si advierten que empezaban a torcerse; o para que se afiancen y fortalezcan, si
ya practicaban el bien. Tal sería el reinado de Dios en las almas y en el
mundo, reinado que no llegará sino por la fe en Jesucristo y la práctica de la
caridad:
Creer firmemente que
nos ha amado, y amarnos unos a otros, como Él nos ha amado.
Renovemos este
pensamiento y esta determinación cada vez que miremos a un Crucifijo; cada vez
que hagamos la señal de la Cruz, verdadera insignia y señal del cristiano y de
la caridad, que nos recuerda nuestro carácter y nos distingue con ese sagrado
sello; y siempre que asistamos al Santo Sacrificio de la Misa, o que recibamos
la Santa Comunión, en que se cimentará y consumará nuestra unión sagrada.
Corazón Sacratísimo
de Jesús Soberano, Rey nuestro, yo creo en vuestro amor para conmigo: haced que
nos amemos unos a otros, como Vos nos habéis amado.
(Del "Mes del Rey de Amor". Con licencia eclesiástica).