lunes, 20 de febrero de 2017

Mensaje del Amor Misericordioso: "La vida religiosa"


¿Qué es vida religiosa?

Es una vida de separación del mundo, de vencimiento personal y de unión con Dios. En otros términos, vida religiosa es la consagración que una persona hace a Dios de todo su ser y de cuanto le pertenece.

            Es tener siempre los ojos del alma fijos en Dios por medio de una continua oración.

            Significa un cuerpo casto, una boca limpia, un alma en que se reflejan de lleno las irradiaciones de la Divinidad.

            Es una vida de penitencia, de lágrimas y de sufrimientos, que tiene siempre presente la memoria de la muerte y concentra todo su anhelo en la práctica de la virtud.

            Los motivos racionales de la vocación son: el deseo de alcanzar la salvación eterna, el arrepentimiento y dolor de los pecados o el solo amor de Dios.

            La vida religiosa es de institución divina, pues el mismo nuestro Señor Jesucristo puso los fundamentos de ella. Cuando dijo a sus discípulos que no era lícito al marido separarse de su esposa para tomar otra, le dicen sus discípulos: “Si tal es la condición del hombre con respecto a su mujer, no tiene cuenta el casarse”. El divino Salvador pronuncio entonces estas memorables palabras: “No todos comprenden esta palabra o son capaces de esta resolución, sino aquellos a quienes se les ha concedido de lo alto” (S. Mateo cap. XIX, v. 10, 11 y 12). Siguiendo el mismo capítulo del Santo Evangelio, v. 21, se lee: “Si quieres ser perfecto, anda, y vende cuanto tienes, y dalo a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo: ven después y sígueme”. El v. 29 agrega: “Y cualquiera que haya dejado casa, o hermanos, o hermanas, o padre, o esposa, o hijos, o heredades, por causa de mi nombre, recibirá cien veces más y poseerá después la vida eterna”. Antes había dicho: (Cap. XIV, v. 24). “Si alguno quiere venir en pos de Mí, niéguese a sí mismo, y cargue con su cruz y sígame”.

            Todo lo que constituye el estado religioso está comprendido en estas palabras del Santo Evangelio. Por ellas nuestro Señor Jesucristo recomienda la pureza virginal, la pobreza voluntaria, el vencimiento de la propia voluntad y la imitación de su vida divina. Alaba y aprueba el ejercicio constante y perpetuo de estas virtudes como una vida mejor y más perfecta que la vida ordinaria.

(Del “Catecismo de la vida religiosa”).

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“Hay que bajar continuamente la cabeza, y marchar a contrapelo de vuestras costumbres e inclinaciones, encomendándoos a Nuestro Señor, y en todo y por doquier dulcificándoos, y no pensando casi en otra cosa sino en la pretensión de esta victoria.”

“¿Qué puedo deciros, sino lo que tantas veces os he dicho? Que sigáis vuestra vida ordinaria lo mejor que podáis con amor de Dios, haciendo siempre actos interiores de amor, y también exteriores, sobre todo acomodando vuestro corazón hasta donde podáis a la santa dulzura y tranquilidad: dulzura con el prójimo, aunque sea molesto y enojoso; tranquilidad con vos misma, aunque estéis tentada y afligida.”

“Sed siempre lo más amable que podáis, porque se recogen más moscas con una cucharada de miel, que con cien barriles de vinagre. Si es preciso caer en algún extremo, que sea en el de la dulzura.”

(Consejos de San Francisco de Sales a las religiosas de la Orden de la Visitación).

"Estas palabras son el fundamento de toda la perfección cristiana y religiosa. Negarse a sí mismo es renunciar a toda la voluntad de la carne, a todas nuestras inclinaciones, deseos, contentos, satisfacciones, delicadezas, gustos, placeres, humores, hábitos, propensiones, aversiones y repugnancias a las cosas ásperas; en fin, renunciar en todo y por todo a ese perverso yo. Luchar por destruir vuestros caracteres, pasiones e inclinaciones; en una palabra, toda nuestra naturaleza; y esto, con enérgica voluntad y con una generosa y perseverante mortificación de todo vuestro ser.

Es necesario saber que solamente hay que mortificar las inclinaciones imperfectas o de cosas malas, y no las buenas o las que tenemos a cosas buenas; por ejemplo: me mandan hacer un trabajo y yo me siento inclinada a hacer otro; hay que mortificar esta inclinación y sujetarla a la obediencia. Pero me dan a hacer un trabajo que me gusta: no debo entonces, bajo el pretexto de mortificar mi inclinación, rehusar dicho trabajo, sino ofrecer a Dios esta labor y decir: la hago, no por la inclinación que a ella siento, sino porque la obediencia me lo manda (o, en el caso de los laicos: Lo hago por amor a ti, Señor; o, porque es mi obligación)."

(Sobre las palabras de Ntro. Señor:  "Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo...", Santa Juana Francisca Fremyot de Chantal).

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            Algunos testimonios de santos sobre la vida religiosa:

            “El que se consagra a Dios con los santos votos hace uno de los ofrecimientos más preciosos y agradables a su divina majestad”.
San Juan Bosco.

“Si de momento se supiera lo que es la vida religiosa, por asalto tomarían los conventos y nadie quedaría en el siglo”.
San Pedro Julián Eymard.

"Si quieres amar a Cristo, extiende tu caridad por el mundo entero, pues los miembros de Cristo se extienden en todo el mundo."
San Agustín de Hipona.

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“¡Oh almas religiosas! Leed esto; bien sea para precaveros contra el enemigo que os acecha y evitar el escollo que os tiene preparado, o bien para desprenderos de los lazos en que habéis caído… Leed; pero acordándoos bien de que no son las palabras las que dan luz; es la gracia de Dios, la unción del Espíritu Santo. Recogeos siempre; rogad a María vuestra Madre, id a Ella como en otro tiempo acudieron en su apuro los criados del festín, y vuestra buena Madre os recordará esta palabra de Caná: Haced todo lo que mi Hijo os diga[1]... Pedid, pues, a esta Santísima Virgen que os obtenga del Corazón de su Jesús la luz, la inteligencia de la verdad, la gracia de que Él os hable al corazón mientras esto leyereis”.

“Te dejo mi gran palabra de amor, esta palabra que fue la Mía toda la vida: Obediencia. La obediencia es la que hace particularmente al religioso, lo que le “une” más perfectamente a Dios, lo que le consagra como tal; tanto que ciertas órdenes religiosas no hacen más que el voto de Obediencia; ese es su distintivo como lo fue el Mío… “He sido obediente hasta la muerte y muerte de cruz”[2]. Algunos se preguntan si Yo he sido, propiamente hablando, religioso: Yo he sido perfecto religioso del Padre; Yo he estado unido a Él como ningún hombre en la tierra; mi unión sobrepuja a la de los votos más estrictos y los más perfectamente observados. Mi voto procedió de la unión hipostática; y, no obstante, sometí mi voluntad humana a la divinidad por un misterio incomprensible para vosotros, como si, siendo libre, hubiera podido sustraerme de esta incomparable unión. Es lo que hizo que, siendo Dios y poseyendo toda perfección, quisiera como adquirir por virtud todas las perfecciones que, bajo la influencia divina, vuestra naturaleza humana es capaz de adquirir; todas las virtudes que tenéis que practicar, las he practicado yo también; y me habéis visto practicarlas con valor, como vosotros; luchas hasta sudar sangre para enseñaros como debéis obrar y lo que en vuestras luchas es meritorio y no ofende a vuestro Dios[3]

            “La vida religiosa no es acá abajo la vida de gloria: es la vida “unida” a vuestro Cristo, la continuación de su vida sobre la tierra, vida de sacrificio y de inmolación…”

            “¡Oh, vosotros que leéis estas  páginas! abrid sobre todo vuestro corazón a mi voz, pedidme que os haga entender lo que Yo espero de vosotros; manteneos humildes y dóciles para responderme como María: “¡Fiat! He aquí, oh Dios mío, vuestra pequeña sierva; he aquí vuestro pequeño siervo! Cúmplase plenamente en mí, vuestra palabra, expresión de vuestra santa voluntad”.

            “Pedidme esta misma gracia para todos vuestros hermanos. Amén.”




[1] Joan., II, 7.
[2] Filipenses, II, 8.
[3]  Luc., XXII, 44.