lunes, 13 de junio de 2016

3ª Palabra: “¡He aquí a tu hijo… He ahí a tu Madre!”

Últimas palabras de Jesús en la Cruz
Palabras de Amor

3ª Palabra: “¡He aquí a tu hijo… He ahí a tu Madre!”

Jesús no solamente nos da participación en su Reino, sino que llega hasta a darnos también lo que más ama en el mundo: ¡su Madre, su santa Madre! Nos la da… y nos da a Ella… como para reemplazarle… Y aún sentimos nosotros a veces envidia de nuestros hermanos… como si temiésemos que el afecto o las distinciones que reciben de Dios o de los hombres vayan a disminuir el que se nos debe.

¡Oh, cuán bello, noble, desinteresado, puro y grande es el amor de Jesús! Ese Amor que se olvida de si mismo, para consolar, para hacer bien, para aliviar, fortalecer y proveer las necesidades ajenas, sin acordarse para nada de sus propios sufrimientos. ¡Qué hermoso modelo tenemos en Él!

Junto a la Cruz de Jesús permanecía su bendita Madre y la hermana de su Madre, María, mujer de Cleofás, con María Magdalena. – Jesús, al ver a su Madre, y cerca de Ella al Discípulo Amado, le dice: “Mujer, he ahí a tu Hijo”.

            Sumergida en el dolor, impotente para aliviar a Jesús, pero íntimamente unida al alma de su Hijo, María está allí, adherida a la voluntad del Eterno Padre, ofreciendo su amantísimo Hijo y ofreciéndose Ella misma en Él, con Él y por Él por todas sus intenciones y en nombre de todas las criaturas.

            Estaba allí María, Virgen-Sacerdotal, Virgen-Hostia… Sacerdote-Hostia…; porque, en efecto, ¿qué es lo que constituye, no el carácter esencial, sino el carácter espiritual del Sacerdote?... Indudablemente la oblación del sacrificio: no de un sacrificio cualquiera, sino del sacrificio ofrecido al mismo Dios: sacrificio de oración, de reparación, de acción de gracias y de impetración, en nombre de la humanidad entera…

            Todos los sacrificios de la antigua Ley no eran más que figura de la Nueva Alianza, sellada en el Calvario con la Sangre del Cordero inmolado por la Salvación, por amor nuestro…

Tanto es así, que podemos clasificar a los Sacerdotes en tres órdenes:

            Los de la Ley Antigua, que habían recibido el carácter sacerdotal y ofrecían lo que era símbolo o figura; los Sacerdotes de la Nueva Ley, Sacerdotes de Jesús, que son consagrados por el Sacerdocio del Orden, para ofrecer el Divino Sacrificio y ejercer las funciones del ministerio sagrado, distribuyendo los Sacramentos, haciendo practicar la Ley Divina, y enseñando a las gentes: y finalmente, las almas Sacerdotes, que no teniendo el altísimo honor de haber recibido el carácter sacerdotal, han recibido, sin embargo, su espíritu, de una manera tan admirable, que la vida de esas almas es una perpetua ofrenda de Cristo y de sí mismas en Él, -como María–.

La vida de Cristo ha sido una perpetua inmolación, una perpetua vida de Hostia (Víctima), así lo es también la de María; sacrificio incesante, inmolación perpetua… – Viendo al Rey de Amor pendiente de la Cruz, víctima de los más excesivos tormentos, cubierto de oprobios, se produce en esas almas una transformación en todo su ser; sienten ellas también vivas ansias de sufrir; consideran la humillación como una gracia de la que no son dignas; llegan a estimar lo que el mundo desprecia, y menosprecian lo que él estima, cifrando su gloria en participar de los dolores, repulsas y desprecios de su Rey de Amor Crucificado.
            –El amor le ha obligado a hacerse Hostia, – y allí está como verdadera Hostia de propiciación…

            “No habéis querido Hostia ni holocausto: y Yo he dicho: Heme aquí, Padre mío, dispuesto a cumplir tu voluntad”. (Heb. X, 5-7).

Y la voluntad del Padre le ha conducido al Calvario, y ha sido inmolado cual Cordero inocente.

            Ese mismo Amor hizo a María Virgen-Hostia toda su vida, singularmente en el Calvario; ¡Virgen sacrificada, inmolada a los deseos y a las disposiciones del Eterno Padre! Inmolada a toda vida propia, Virgen anonadada… que vivía, según San Pablo (o más bien San Pablo vivió como María) “no ya Ella, sino Jesús en Ella”, por su Espíritu de Amor y su vida divina.

            Esa vida de Hostia o víctima, esencial a Jesús-Eucaristía, es también por imitación, por participación y por sobrenatural realidad, la vida de ciertas almas, que reproducen en sí mismas, de un modo particular, la vida de María; como María reproducía la de Jesús: Hostia desde su Encarnación hasta su consumación en el Calvario, y que perpetúa su estado bajo los velos eucarísticos, donde viene a tomar el nombre de Hostia Santa.

            Si María es víctima con Jesús, como Jesús, por Jesús, en unión de Jesús y en Jesús… también es la Virgen Sacerdote según ya hemos visto. – Su vida es todo humildad, todo amor… y la expresión de esta humildad, de este amor, es la ofrenda. Quisiera dar a su Dios, todo lo que se merece… y en su impotencia, toma en sus manos el “Don Divino”, (que es su propio Hijo) el Don de Dios, y lo ofrece al Padre…

            –Aprendamos, pues, de Ella, a decir nosotros también: “Padre Santo, os ofrezco a Jesús, vuestro Hijo muy Amado”… (Ofrezcámosle por medio del Corazón de su Inmaculada Madre).

            “Y me ofrezco yo a mí mismo”. Sí, os ofrezco todo lo que yo soy, lo que tengo – todo lo que me habéis dado, yo os lo presento como homenaje de amor–, pero como no soy más que polvo y miseria y todo cuanto hay en mi está corrompido…

“Yo me ofrezco a mí mismo en Él”… perdido como un átomo en Él, como una gotita de agua amarga en un océano infinito de dulzura…; “con Él”…, esto es, unido a Él…; y “por Él”… que es el camino… puesto que nadie puede ir al Padre ni ser recibido del Padre sino por Él…

            “A todas sus intenciones”… porque la Santísima Virgen, Sacerdote–Hostia, no tiene otras intenciones que las de su Hijo, –pero todas las intenciones de Jesús son suyas–, y todas las intenciones que Ella puede tener, están comprendidas en las de Jesús y ocupan en Ella el mismo lugar que en el de su Rey Jesús.

            Por tanto, sea cual sea la intención que se presente a la Santísima Virgen, la toma Ella como suya, si es intención de Jesús. ¿Se trata, por ejemplo, de pedir por el Soberano Pontífice?... –  ¿No ocupa el primer lugar en las intenciones de Jesús? – Se trata de los Sacerdotes… De la Iglesia… ¡Son esos sus intereses más preciados!...

            – ¿Se trata de implorar el aumento del número de Santos, de almas de Amor? – ¡Jesús ha venido a encender fuego sobre la tierra!... ¿De los pecadores…? ¿De los agonizantes?... ¡Murió para salvarlos!

            – ¿De las almas del purgatorio?... Se acelera por hacerlas entrar cuanto antes en la beatitud eterna.

            ¿De los niños?... ¡Si son sus preferidos!

            ¿De las almas tentadas?... ¡Vela por ellas con celoso esmero!

            Está deseando escuchar y conceder lo que se le pide, pero quiere que se le ruegue, – que cooperemos para asociar sus criaturas a sus obras para hacerlas contribuir a su gloria.

            ¿No es ésta una manifestación más del exceso de su Amor Misericordioso?
            El alma que participa o que desea participar de las disposiciones de Jesús (como es obligación en todo cristiano), ha de alejar de sí todo sentimiento egoísta, practicando sus actos y plegarias en unión de sus hermanos, en nombre de todas las criaturas, como Jesús…

            Ese es el verdadero espíritu cristiano, católico, universal.

            ¡Qué grande y sublime es la plegaria así practicada!... ¡pero somos tan frágiles, pequeños y miserables!

            Todo es cierto… Pero Jesús nos ha dado una Madre. Le ha dicho a María, mostrándole a San Juan, su Discípulo Amado: “He aquí a tu Hijo”, – y al Discípulo, señalándole a María: “He ahí a tu Madre”… y en Juan, no nombró sólo a Juan, ¡nos nombró a todos!

            Aprendamos de ahí con que filial amor y confianza debemos recurrir a esta dulce Madre, que Jesús nos dio, y a la que hemos sido entregados por Él como hijos.

            ¡Si pudiéramos comprender hasta qué punto se siente obligada María, con esta sagrada palabra!... En ella ve la voluntad expresa de su Hijo, y de su Dios. Voluntad a su vez, también del Padre, puesto que Jesús nos dice, no hace más que lo que dice y hace su Padre… Y ¡qué bien cumple María, la voluntad del Padre!... ¡Con qué seguridad podemos decir, pues, realmente: “María es mi Madre”, –no solamente porque la bondad de su Corazón la incline hacia nosotros, sino por obligación de su propia condición de Madre, que Jesús le concedió: –¡Qué podré, pues, temer, siendo la Santísima Virgen tan sabia, poderosa y buena!... “Mater Misericordiae” – ¿Qué no hará una Madre por su hijo? – ¡Es un amor de tanta abnegación, que sobrepuja a todo amor, a toda abnegación!...

            –María nunca falta a sus deberes de Madre; en cambio, yo… ¡cuánto y cuán frecuentemente falto a mis deberes de hijo!

            Me la dio por Madre Jesús, con su Corazón amante, llevado de su Amor Misericordioso. ¡Cuánto no deberé amarla… siendo, como es, la mejor de las Madres, la misma que tuvo Jesús!... ¡Oh, Jesús, enseñadme a mirar verdaderamente a María como mi Madre!

            ¡Oh, María! ¿Qué contraste entre Jesús y este miserable hijo vuestro!... Vuestro primer Hijo fue el santo Niño, ¡yo soy el hijo miserable! – Pero Vos y yo ¡amada Madre mía!, somos ya para siempre uno del otro por el legado del Corazón de Jesús, en su última hora. – Y ¡qué inviolable y sagrado es este testamento de los últimos instantes! ¡Fruto de un amor que a ambos abrasaba, y recibido en una herida que a los dos hería!...

            Si un hermano, un amigo, antes de morir me hubiese entregado a su madre por madre, y me hubiese dicho: “Se tú ahora su hijo… súpleme junto a ella…” lo consideraría yo como un deber, como una promesa sagrada… y, sin embargo, aun no he sabido apreciar esas mismas palabras de Jesús moribundo, entregándome a su propia Madre como hijo ¡y dándomela a mí por Madre!...

            ¡Con qué ligereza lo he considerado!

            ¡Oh, María! Vos no habéis cesado de ser siempre mi bondadosa Madre. ¡Sea yo ahora vuestra verdadera hija, y enseñadme a ser como Vos, según los deseos de Jesús, oh, mi buena Madre!


            ¡María, Madre del Rey de Amor, y Madre mía, hacedme verdadera hija vuestra!

(Del "Mes del Rey de Amor". Con licencia eclesiástica.

domingo, 12 de junio de 2016

2ª Palabra: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”.

Últimas palabras de Jesús en la Cruz
Palabras de Amor


2ª Palabra: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”.

            Después del principio fundamental del perdón de las injurias, Jesús nos enseña otra práctica de caridad exterior, que nada vale sin la caridad interior, pero vale mucho cuando va informada por ella: compartir los propios bienes con los pobres…

            Jesús comparte su gloria con el buen Ladrón. Todo el pasado lleno de ofensas, queda totalmente perdonado, completamente borrado en un instante. “Hoy mismo (le dice) estarás conmigo en el paraíso.” – ¡Hoy mismo! – ¡sin demora!

            –Así debemos nosotros compartir nuestros propios bienes con nuestros hermanos, que se hallan necesitados, cuando están dispuestos a recibirlos.

            Pero… ¡Cuánto egoísmo encontramos entre nosotros, aún entre los cristianos!... ¡llegándose algunas veces hasta a comerciar con las necesidades ajenas! – ¡Qué comedidos somos para permitir que los demás disfruten de nuestros bienes!... – queremos que con nosotros sean todos espléndidos, generosos, pero en cambio, siempre nos parece demasiado lo que damos nosotros a los demás.

            Cuando poseemos algún bien que estimamos… ¿nos sentimos llevados a participarlo con nuestro prójimo…? – ¿No nos dejamos llevar en muchos casos de cierto egoísmo y de una especie de mezquindad de corazón como si la alegría o la satisfacción, que pudiéramos procurar a los demás, fuese a menguar la nuestra…?

            Debemos procurar siempre que la caridad evangélica dirija todas nuestras acciones, porque Jesús nos la enseñó para que aprendamos con su ejemplo…, para enseñarnos que, lejos de mirar con desprecio, o rechazar y alejar de nosotros al culpable, debemos atenderle; temiendo condenar o juzgar a aquel que tal vez esté justificado delante de Jesús, y tal vez merezca oír estas palabras: “hoy estarás conmigo en el Paraíso”.

            –¿Qué hizo el buen ladrón para merecer semejante seguridad de eterna salvación?: 1º Una protesta de fe. – 2º Un acto de humildad, de sumisión. – 3º Una confesión, reconociendo la santidad de Jesús; y 4º Un acto de confianza ilimitada en el poder de su realeza divina.

            1º – Una protestación de fe: “¿No temes a Dios tampoco tú, que estás condenado al mismo suplicio?” ¿No era esto afirmar, por una parte, que Dios era el dueño soberano, a quien se debe temer; y, por otra, reconocer claramente la divinidad del Crucificado, que sufría en el Calvario el mismo suplicio que ellos?

            2º – Un acto de profunda humildad y sumisión: “En cuanto a nosotros, añadió, justamente padecemos, pues recibimos lo que nuestros crímenes han merecido”. Admirable y sincera confesión, que nos descubre hasta que punto su alma había vuelto al orden, entrando en ella la luz de la verdad, conociendo al propio tiempo el juicio equitativo y justísimo de la Sabiduría infinita.

            3º – Una confesión manifiesta de la santidad de Jesús: “Él, ningún mal ha hecho”; palabra sencilla, pero terminante y digna de todo elogio en su concisión… Él ningún mal ha hecho… Él no ha hecho nada mal – luego lo hizo todo bien… –; – luego es condenado siendo inocente… ¡Así atestiguaba, ante el cielo y la tierra, la injusticia de la muerte ignominiosa del Salvador del mundo…!

            ¡Uno sólo toma la defensa pública del Rey de Amor, y ese es… un ladrón…!

            – ¿No fue también una maravilla del Amor Misericordioso, escoger para heraldo y como proclamador de su inocencia y de la verdad, para abogado suyo… a un ladrón, sobre el patíbulo –esto es, ¡a la hez de la sociedad!... –, a aquel que había incurrido legítimamente en el menosprecio universal, por sus desórdenes y hazañas vituperables?...

            Si nosotros tuviéramos que rehabilitarnos de alguna deshonra, querríamos que nos defendiesen los abogados más notables; buscaríamos protectores de valimiento, personas de influencia y autoridad, y tendríamos a menos la defensa, el parecer y las alabanzas de aquellos que fuesen inferiores a nosotros… o las de aquellos que, cubiertos de nuestro mismo oprobio, casi nos avergonzarían al defendernos, ante el temor que nos alcanzase su infamia ¡Y Él…!

            ¡Oh, humildad de Jesús!, ¡cómo nos confundes! – Esta escena conmovedora del Calvario, nos descubre una nueva fase de su Amor Misericordioso; no solamente perdona, sino que acepta la defensa, la alabanza y la gloria de boca del último de los hombres, del más vil y miserable…

            4º – Finalmente un acto de confianza en el poder de la Divina Realeza de Jesús: Ha confesado que Jesús era el Dios Soberano, condenado a su mismo suplicio –ha confesado la justicia de su propio castigo como ladrón, y, por el contrario, la inocencia de Jesús–; y añade todavía: “¡Señor! ¡Señor! Rey de Amor y de Misericordia… ¡Acuérdate de mí…!”

            Luego, todo no ha terminado para él, ni para Jesús, después de la muerte próxima a llegar ya, dentro de breves instantes – “¡Acuérdate de mí…!” y… ¿Cuándo…? “Cuando hayas llegado a tu Reino”.

            Cree en un reino a donde va Jesús –más allá de la muerte–, y cree que él también lo alcanzará–, cree que en ese reino, Jesús será omnipotente, porque de por sí, es Rey; “en vuestro Reino…” dice.

            ¡Oh, buen ladrón!, ¡qué dichosa predestinación la tuya!, ¡cuánto más vale ser ladrón penitente y confesor, que ángel rebelde y sublevado; – o escriba que sentencie inicuamente!

            ¡Qué consuelo se siente! ¡Oh, Rey de misericordia! Al ver que no rechazáis a un hombre, por abyecto y vil que sea… con tal de que se arrepienta y confiese la verdad…, – con tal que venga a Vos con confianza…, no será rechazado. ¡Qué magnífica palabra y qué claramente demostráis que no os dejáis vencer en generosidad!

            –“En verdad, te digo, que hoy estarás conmigo en el Paraíso.” –El que aquella mañana era un ladrón, antes que la noche llega a santo… a escogido, cuyo puesto queda ya asegurado para siempre, en aquel mismo día, por la palabra de la eterna Verdad, en el Reino de la Divina Caridad.

            – ¿Quién podrá, pues, desesperar de su salvación ante semejante prodigio del Amor Misericordioso?... ¿Qué personajes del Antiguo Testamento, ni de la Nueva Ley, ha recibido jamás tal promesa pública solemne, auténtica e incontestable de su salvación y de su felicidad?; ¡Hoy estarás conmigo en el Paraíso!...

            Pero ¡cuán necesario es llevar una vida de fe, de sumisión, de confianza en el Amor Misericordioso del Corazón de Jesús, y que gloria constituirá para Él ese bienaventurado ladrón hasta el fin de los tiempos y por toda la eternidad!

            ¡Oh, mi adorable Salvador! Si no puedo aspirar a ser uno de esos seres inocentes o angélicos, quiero (puesto que con vuestra gracia lo puedo) llegar a ser vuestra gloria sobre mi cruz de pecador arrepentido, – yo puedo convertirme en confesor y apóstol por mis ejemplos y por lo que Vos dignéis operar en mi alma.

            ¡Oh, Señor, acordaos de mí en vuestro Reino!

(Del "Mes del Rey de Amor". Con licencia eclesiástica).

* * *

     San Dimas, el buen Ladrón, el dichoso redimido del Corazón de Jesús. Protector de las almas misericordiosas. Fiesta: 25 de Abril, y cada Viernes Santo. 

     ORACIÓN. - Buen Ladrón, trofeo de la gracia del Corazón de Jesús, que oíste de su adorable boca este dulcísimo perdón: Hoy estarás conmigo en el Paraíso, ruega por nosotros. Pater, Ave y Gloria.

* * *

     "Los pecadores hallarán en mi Corazón el manantial y el océano infinito de la misericordia. Los más miserables serán los mejor escogidos".

Nuestro Señor a Santa Margarita María de Alacoque.

sábado, 11 de junio de 2016

"Iª Palabra: Padre mío, perdónalos porque no saben lo que hacen"

Últimas palabras de Jesús en la Cruz
Palabras de Amor



            Iª Palabra: Padre mío, perdónalos porque no saben lo que hacen

            Si se recogen con todo cuidado las palabras de los moribundos, sobre todo, cuando son éstos, hombres ilustres o seres queridos; si se graba en el corazón el recuerdo de sus últimos actos, de sus últimas disposiciones; si se considera como un deber sagrado el cumplimiento exacto de sus últimas voluntades, – ¡con cuánta mayor razón debe hacerse lo mismo, cuando se trata de Jesús, del Salvador, del Rey de Amor, del Verbo Encarnado, que muere de Amor por nosotros!

            ¡Cuán poco ilustrada y sólida es la piedad de la mayor parte de los cristianos, aún de las almas piadosas, de las personas consagradas a Dios! Y ¡qué insensata es nuestra conducta! – Andamos afanosos de un lado a otro, buscando la verdad, y nos detenemos en un chorrito de agua en el extremo de los riachuelos… en vez de acudir al manantial divino del Corazón de Jesús, para extraerla con abundancia.

            –“Mi Divino Corazón, dijo un día Nuestro Señor a Santa Margarita María, es la gran Escuela, el libro de la vida, donde se contiene la ciencia del Divino Amor”. – En esa Escuela debe, pues, estudiarse, no por medio de imaginaciones, ficciones, o interpretaciones, sino nutriéndose con las palabras mismas de Nuestro Divino Redentor. Recojamos, pues, con amoroso y filial respeto las siete últimas palabras salidas del Corazón de Jesús por sus sacratísimos labios…

            –“De la abundancia del corazón, habla la boca” –. Palabras divinas, palabras de amor, toda una revelación íntima del Corazón adorable de Jesús, de sus últimas disposiciones, son las últimas palabras de su Corazón, durante su vida mortal, y también modelo adorable que nosotros tenemos que reproducir.

            Habituémonos a tratar con toda veneración y respeto cada una de estas palabras: cada una de ellas por sí sola valdría para transformar un alma, para dar la paz al mundo, si el mundo quisiera recibirla.

            Porque las palabras de Jesús son gracias que brotan de su Corazón, ofrecidas a las almas, y de las que se aprovechan éstas según la forma y medida con que se reciben y corresponden a este don.

            Si todas las palabras de un padre deben ser sagradas para un hijo, con mucha más razón, las que dicta o pronuncia en la hora de la muerte, según hemos dicho ya. – Acudamos, pues, en espíritu junto al Dios-Hombre moribundo, y recibamos su legado en lo más íntimo de nuestro corazón.

            Estas siete palabras que pronuncia Jesús desde lo alto de la Cruz, desde su trono de ignominia, son la manifestación clara y precisa de los actos y disposiciones del Amor Misericordioso.

            Jesús empieza por esta frase, en forma de súplica: “¡Padre mío, perdónalos porque no saben lo que hacen!”

            El perdón de las injurias es el primer acto de caridad que el Corazón de Jesús realiza desde lo alto del patíbulo de la Cruz, y el que requiere asimismo de nosotros. – Todos hemos sido y somos perdonados por Él: por tanto nosotros debemos perdonar, como Él nos perdona: y no solamente perdonar con los labios… sino también de corazón… rogando por nuestros enemigos, deseándoles y haciéndoles todo el bien que podamos, – implorando nosotros mismos su perdón; moviendo con oraciones al Amor Misericordioso, hasta conseguir para ellos indulgencia y perdón de nuestro Padre Celestial.

            Y todo esto públicamente, de todos los hombres; ya que públicamente con toda la sinceridad de su Corazón quiso Jesús salir a la defensa de aquellos mismos que le hicieron padecer.

            Si queremos imitar fielmente a Jesús, debemos ingeniarnos para encontrar excusas en descargo de nuestros propios enemigos; y hasta en los actos más execrables, y aún cuando fuésemos nosotros mismos las víctimas, debemos solicitar su absolución con toda la ternura de nuestra alma… defendiendo la causa y la honra de los que comprometen y manchan la nuestra.

            ¡Oh, cuánto se falta a este primer punto de la caridad, aún entre los cristianos y las personas consagradas a Dios! ¡Cuántos que no perdonan ni aman, ni desean el bien a los que han hecho algún perjuicio! Y ¡cuántos que lejos de excusar al prójimo, exteriorizan sus quejas ante los demás, en la presencia del Rey de Amor Misericordioso, sin pensar en la pena que causan a su Adorable Corazón!...

            ¡Qué pena no experimenta un padre cuando sus hijos vienen con pasión y enfado a indisponerle contra alguno de sus hermanos, aunque sea culpable!... Son muchos, innumerables, los que observan esta misma conducta con sus semejantes, y nadie les indica la falta que cometen, ni la pena que con esto causan al Corazón del más tiernísimo de los padres.

            ¡Oh, si supieran hasta qué punto ama Dios a sus hijos, a pesar de su miseria, y el gozo que le proporcionan aquellos que, movidos de misericordia, procuran excusar a sus hermanos!... Son los que más consuelo le proporcionan, y en retorno, los colma Él de las ternuras de su Amor; los mira como hijos predilectos, los más amados de su Corazón, y los reconoce como verdaderos amigos.

            Examinemos atentamente, si poseemos la virtud de la caridad, con las cualidades que le señala San Pablo, anteriormente indicadas, y hagamos el examen particular sobre ellas.


            ¡Padre, perdónalos que no saben lo que hacen!

(Del "Mes del Rey de Amor". Con licencia eclesiástica).

"Mandamiento del Rey de Amor: el distintivo de sus verdaderos discípulos"

Todo Rey tiene derecho a establecer leyes y dar órdenes cuya puntual observancia obligan en estricta justicia a todos sus vasallos y súbditos. – Nuestro Rey de Amor ha establecido una Ley, un Mandamiento único, que es todo Amor; por eso se le llama el Mandamiento de Amor.

 Este Mandamiento único encierra la práctica de todas las virtudes, y todas las perfecciones están incluidas en él. – Jesús lo dio a sus Apóstoles (y en ellos a todos los suyos), después de la institución de su Sacramento de Amor, – después de haber asegurado su presencia eucarística, perpetua y real, en medio de ellos… – “Hijitos míos, dice con el más conmovedor y tierno acento; un nuevo Mandamiento os doy: que os améis los unos a los otros”.

Y añade todavía: – que como Yo os he amado, os améis recíprocamente”.

Y cuántas veces aún, durante aquel admirable discurso que pronunció después de la Cena, volverá Jesús a insistir sobre estas mismas palabras: “Este es el Mandamiento que os doy, que os améis los unos a los otros como Yo os he amado”. – “Lo que yo ordeno es que os améis los unos a los otros”. Jesús designa además este amor mutuo para “distintivo”, por el que han de reconocerse sus verdaderos discípulos: “Conocerán que sois mis discípulos, por el amor que os tengáis los unos a los otros”. (Joan. 12-35).

¿Es, pues, realmente, ese el distintivo característico de los que hoy día se dicen cristianos? Casi puede afirmarse, que entre los que llevan este glorioso título y frecuentan más la Iglesia y los Sacramentos, entre las personas que se dicen devotas, es donde peor se cumple este punto esencial y fundamental de nuestra Religión.

 No nos atreveríamos a tocar con la mano un corporal… trataríamos de evitar con gran cuidado que la menor partícula de polvo cayera sobre él; y en cambio, no tenemos ningún escrúpulo para manchar nuestra lengua (que ha de recibir al día siguiente la Sagrada Forma), con toda clase de murmuraciones y palabras, que descubren las imperfecciones y defectos del prójimo y causan su deshonra y menosprecio.

 “De la abundancia del corazón habla la boca”, – y puede juzgarse del corazón por las conversaciones… ¡Qué motivo de confusión para nosotros, considerando la conducta que hemos observado hasta aquí!

Aún entre los apóstoles del Rey de Amor, ¡cuántos hay que no observan este mandamiento suyo! ¡Cuántos que anhelan establecer en el mundo su reinado… cuando ni siquiera reina dentro de su corazón!... ¡Cuántos que con su conducta personal contradicen lo que luego aconsejan ellos a los demás!...

¿No son, acaso, en esto, semejantes a los escribas y fariseos, que se ocupaban tanto de purificar exteriormente los vasos sagrados, y hacían constante ostentación de su religión y de su celo, que no se ejercía sino sobre los demás?
            
Por la caridad del corazón, mide Jesús la calidad de sus amigos; y el más alto grado de esta virtud, y la grandeza de nuestro privilegio, nosotros mismos hemos de adquirirla.
            
“Los pacíficos, serán llamados hijos de Dios” según dijo el Señor; es decir, aquellos que tienen paz en su corazón y que proporcionan paz a sus semejantes.
            
Para alentar y mover a la práctica de este Mandamiento, Jesús alega poderosas razones y magníficas promesas; pero también pronuncia terribles amenazas para aquellos que falten a este deber sagrado de la caridad.
            
“Si vuestra justicia no fuere más abundante que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los Cielos”, dijo Jesús, y: “el que se encoleriza contra su hermano merece ser castigado por los jueces: aquel que diga a su hermano RACA (necio) merecerá ser castigado por el consejo; aquel que le dijere loco, merece ser arrojado en la GEHENNA (infierno de fuego).

¡Con qué cuidado no deberemos evitar todo rencor y cólera!...
           
 –  Acordémonos también de las palabras de Jesús acerca del siervo que debía diez mil talentos, y que no habiendo querido perdonar la deuda de su compañero, fue entregado a los ejecutores de la justicia, hasta que hubiese él pagado toda la suya: “Así os tratará mi Padre celestial, si cada uno de vosotros no perdona de corazón a sus hermanos”.
         
 –  Y aquella otra palabra del Señor a aquel que en el momento de presentar su ofrenda en el altar recuerda que su hermano tiene algo contra él: “que deje allí la ofrenda, para ir a reconciliarse enseguida con el ofendido, volviendo luego a presentar su ofrenda”.

         Sí Jesús había insistido tanto durante su vida mortal con el ejercicio de la caridad, ¡con cuánto mayor empeño lo hace en la última Cena, noche de intimidad y despedida hacia sus discípulos, queriendo mover sus corazones con las palabras más tiernas y delicadas!... – Después de haberles dado su mandamiento, – su signo, les hace la promesa de concederles, a su vez, cuanto le pidan; les puntualiza su voluntad, su necesidad: “si me amáis, guardad mis mandamientos” (ese mandamiento que acaba de darles: que se amen).

        Después, para animarlos, les dice: ¡ya veis lo que os pido! Si me amáis… Yo, que tanto os amo, para probaros mi amor, rogaré al Padre, y Él os enviará el Espíritu consolador…
           
Jesús los anima con una bondad y una solicitud incomparables: les asegura que no los dejará huérfanos ¡qué volverá! Y que entonces conocerán la verdad.
           
Después insiste de nuevo sobre el cumplimiento de su palabra de Amor: – Como expresión, como prueba de amor que le tengan, les dice: “El que guarda mis mandamientos, ese es el que me ama”. Como si quisiera decir: “El que ama a su hermano, ese es el que me ama a mí” – Y completa este mandamiento, por último, con una promesa… pero… ¡qué promesa!: “A aquél que me ame, mi Padre le amará, y Yo me manifestaré a él”.

– Y al preguntarle los discípulos, por qué se manifestaría a ellos y no al mundo, Jesús insiste todavía, diciendo, que “si alguno le ama guardará sus palabras, su mandato de amor”, y añade: “Nosotros (la Santísima Trinidad) vendremos a él, y haremos en él nuestra morada”.

¡Qué portento de amor! ¡Si nosotros amamos, como Jesús nos ha amado, la Santísima Trinidad – el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo – vendrá a hacer su morada en nosotros; y claramente Jesús termina diciendo: “Aquel que no me ama, no guarda mis palabras”, dando a entender, que el que no las guarda demuestra que no le ama.
            
En este admirable discurso de la Cena, Jesús no sabe hablar más que de su amor, de sus gracias, de su unión… “La gloria de mi Padre, está en que seáis mis discípulos y deis mucho fruto”. Anteriormente acaba de enseñarles, que para dar mucho fruto, era necesario permanecer en Él: “El que permanezca unido conmigo y Yo con él, dará mucho fruto”; y ahora les indica que el medio de permanecer en su amor consiste en guardar sus mandamientos: “Si observáis mis preceptos, perseveraréis en mi amor”.
            
Maravilloso engranaje, que queda resumido en estas palabras: “Si os amáis los unos a los otros, daréis mucho fruto, y con ellos procuraréis la gloria de mi Padre”; o de este otro modo: “A los que deseáis procurar la gloria de mi Padre, os indicaré que el medio consiste en llevar mucho fruto: y lo llevaréis, si os amáis los unos a los otros”.

¡Qué poderoso estímulo para el amor… para practicar la caridad!
           
Luego, insistiendo aún en la explicación de su mandamiento, indica el medio más excelente para probarnos su amor: – “Nadie tiene mayor amor que aquel que da la vida por sus amigos…”.

– “Seréis mis amigos, si hacéis lo que yo os mando…”

¿Cuáles son, pues, los amigos de Jesús?... Los que se aman los unos a los otros… – ¡Un privilegio más!

–Seguidamente Jesús asegura a aquellos a quienes Él ha escogido para amigos (y que, por tanto, se aman mutuamente), que el Padre les concederá todo lo que le pidan en su nombre.
           
        –Repetidas veces habla Jesús de su mandamiento de Amor, del amor que debemos tenernos.
            
      He aquí un resumen de sus promesas a los que observan fielmente dicho Mandamiento, imitando su amor hacia nosotros…
            
            1º Los reconocerá por discípulos suyos (llevando su sello).
            
            2º Rogará al Padre y les enviará el Espíritu Consolador.
           
            3º Le conocerán a Él, y estará y permanecerá Él en medio de ellos.
            
            4º No quedarán huérfanos, sino que Jesús vendrá a ellos.
            
            5º El que ama a su prójimo, será amado de su Padre.
            
            6º Jesús le amará también y se manifestará a él.
            
        7º El Padre le amará, y con Él y el Espíritu Santo vendrán a él y harán en él su morada.
            
            8º Permanecerá en el amor de Jesús.
            
            9º Llevará mucho fruto.
            
           10º Procurará la gloria del Padre.
            
           11º Será el amigo predilecto de Jesús.
           
           12º Jesús le hará conocer lo que Él ha recibido de su Padre.
            
         ¿No son estos bienes sobremanera excelentes, apetecibles y envidiables… aparte de las promesas que preceden, recogidas en el Evangelio: de que seremos tratados con misericordia; que empleará con nosotros la misma medida con que hubiéramos medido a los demás – que seremos perdonados en la forma en que nosotros perdonásemos –, de no ser juzgados ni condenados si nosotros no juzgamos ni condenamos a los demás?...
            
        ¿Qué más podemos nosotros desear ante estas magníficas promesas? – y ¿dónde podremos encontrar otras, que puedan compararse con éstas, que se han hecho a los que practiquen la caridad?

            San Pablo, instruido en la escuela del Divino Maestro, nos explica muy bien en qué consiste la verdadera caridad, pues con harta frecuencia se ignora; se toma un fantasma por la realidad; el cuerpo, por el espíritu.

            Las buenas obras son útiles, indudablemente, necesarias y meritorias: pero deben ir siempre acompañadas del amor mutuo, recomendado por Jesús.

            –“Aún cuando Yo hablase todas las lenguas de los hombres, las de los ángeles, si no tengo caridad, soy como el bronce del címbalo que resuena; aun cuando tuviera el don de profecía y comprendiese todos los misterios, y poseyera todas las ciencias; y aunque mi fe fuera tan grande que fuese capaz de transportar montañas… si no tengo caridad… ¡no soy nada! Aun cuando distribuyera todos mis bienes para socorrer a los pobres; aunque entregase mi cuerpo a las llamas, si no tengo caridad… de nada me sirve todo esto”, (I Cor. 13). Describe entonces la caridad con palabras breves y precisas.

            “La caridad es paciente, benigna, no es desconsiderada ni envidiosa; no busca su propio interés; no se hincha de orgullo; no se irrita, no guarda rencor, ni se goza en la injusticia, sino que se complace en la verdad, lo excusa todo, lo cree todo, lo espera todo y lo soporta todo…” (Ibíd.)

            Tal es el espejo donde hemos de mirarnos, examinando atenta y frecuentemente en qué grado poseemos esta hermosa virtud; pues al decir de San Francisco de Sales, hay herejes contra la caridad, como los hay en materia de fe: y el que se negase voluntariamente a reconocer y practicar en un solo punto esta virtud, no podría ser reconocido como discípulo de Jesús.

            ¿Quiere decir esto que los discípulos de Jesús nada tendrán que sufrir si practican este Mandamiento de Amor? – Lejos de eso, sufrirán, contradicciones y persecuciones; tendrán enemigos: “Vendrá un tiempo, dijo el Señor, en que hasta creerán hacer una obra agradable a Dios, dándoos la muerte. (Condenándoos y entorpeciendo vuestra obra).

            Por nuestra parte, debemos esforzarnos constantemente por llevar a la práctica las enseñanzas que nos dio el Divino Maestro ¡Tan bueno y Misericordioso! (y que Él fue el primero en practicar): devolviendo bien por mal – rogando por los que nos persiguen –, perdonando las injurias –, amando a nuestros enemigos –, haciendo el bien desinteresadamente, sin esperar retribución ninguna –, no arredrando al que solicita nuestro préstamo –, dejándole también el manto al que quisiera tomar nuestra túnica –, volviendo la mejilla izquierda al que nos hiere en la derecha –, y yendo dos mil pasos con el que quiere obligarnos a andar mil.

            Tal es, en síntesis, la gran doctrina de caridad, resumida en estas cortas líneas, y las grandes lecciones de nuestro adorado Maestro el Redentor.

            Pidamos para todos cuantos lean estas páginas una nueva luz de gracia y de amor; para enderezarse, si advierten que empezaban a torcerse; o para que se afiancen y fortalezcan, si ya practicaban el bien. Tal sería el reinado de Dios en las almas y en el mundo, reinado que no llegará sino por la fe en Jesucristo y la práctica de la caridad:

         Creer firmemente que nos ha amado, y amarnos unos a otros, como Él nos ha amado.

            Renovemos este pensamiento y esta determinación cada vez que miremos a un Crucifijo; cada vez que hagamos la señal de la Cruz, verdadera insignia y señal del cristiano y de la caridad, que nos recuerda nuestro carácter y nos distingue con ese sagrado sello; y siempre que asistamos al Santo Sacrificio de la Misa, o que recibamos la Santa Comunión, en que se cimentará y consumará nuestra unión sagrada.

            Corazón Sacratísimo de Jesús Soberano, Rey nuestro, yo creo en vuestro amor para conmigo: haced que nos amemos unos a otros, como Vos nos habéis amado.


(Del "Mes del Rey de Amor". Con licencia eclesiástica).