sábado, 11 de junio de 2016

"Iª Palabra: Padre mío, perdónalos porque no saben lo que hacen"

Últimas palabras de Jesús en la Cruz
Palabras de Amor



            Iª Palabra: Padre mío, perdónalos porque no saben lo que hacen

            Si se recogen con todo cuidado las palabras de los moribundos, sobre todo, cuando son éstos, hombres ilustres o seres queridos; si se graba en el corazón el recuerdo de sus últimos actos, de sus últimas disposiciones; si se considera como un deber sagrado el cumplimiento exacto de sus últimas voluntades, – ¡con cuánta mayor razón debe hacerse lo mismo, cuando se trata de Jesús, del Salvador, del Rey de Amor, del Verbo Encarnado, que muere de Amor por nosotros!

            ¡Cuán poco ilustrada y sólida es la piedad de la mayor parte de los cristianos, aún de las almas piadosas, de las personas consagradas a Dios! Y ¡qué insensata es nuestra conducta! – Andamos afanosos de un lado a otro, buscando la verdad, y nos detenemos en un chorrito de agua en el extremo de los riachuelos… en vez de acudir al manantial divino del Corazón de Jesús, para extraerla con abundancia.

            –“Mi Divino Corazón, dijo un día Nuestro Señor a Santa Margarita María, es la gran Escuela, el libro de la vida, donde se contiene la ciencia del Divino Amor”. – En esa Escuela debe, pues, estudiarse, no por medio de imaginaciones, ficciones, o interpretaciones, sino nutriéndose con las palabras mismas de Nuestro Divino Redentor. Recojamos, pues, con amoroso y filial respeto las siete últimas palabras salidas del Corazón de Jesús por sus sacratísimos labios…

            –“De la abundancia del corazón, habla la boca” –. Palabras divinas, palabras de amor, toda una revelación íntima del Corazón adorable de Jesús, de sus últimas disposiciones, son las últimas palabras de su Corazón, durante su vida mortal, y también modelo adorable que nosotros tenemos que reproducir.

            Habituémonos a tratar con toda veneración y respeto cada una de estas palabras: cada una de ellas por sí sola valdría para transformar un alma, para dar la paz al mundo, si el mundo quisiera recibirla.

            Porque las palabras de Jesús son gracias que brotan de su Corazón, ofrecidas a las almas, y de las que se aprovechan éstas según la forma y medida con que se reciben y corresponden a este don.

            Si todas las palabras de un padre deben ser sagradas para un hijo, con mucha más razón, las que dicta o pronuncia en la hora de la muerte, según hemos dicho ya. – Acudamos, pues, en espíritu junto al Dios-Hombre moribundo, y recibamos su legado en lo más íntimo de nuestro corazón.

            Estas siete palabras que pronuncia Jesús desde lo alto de la Cruz, desde su trono de ignominia, son la manifestación clara y precisa de los actos y disposiciones del Amor Misericordioso.

            Jesús empieza por esta frase, en forma de súplica: “¡Padre mío, perdónalos porque no saben lo que hacen!”

            El perdón de las injurias es el primer acto de caridad que el Corazón de Jesús realiza desde lo alto del patíbulo de la Cruz, y el que requiere asimismo de nosotros. – Todos hemos sido y somos perdonados por Él: por tanto nosotros debemos perdonar, como Él nos perdona: y no solamente perdonar con los labios… sino también de corazón… rogando por nuestros enemigos, deseándoles y haciéndoles todo el bien que podamos, – implorando nosotros mismos su perdón; moviendo con oraciones al Amor Misericordioso, hasta conseguir para ellos indulgencia y perdón de nuestro Padre Celestial.

            Y todo esto públicamente, de todos los hombres; ya que públicamente con toda la sinceridad de su Corazón quiso Jesús salir a la defensa de aquellos mismos que le hicieron padecer.

            Si queremos imitar fielmente a Jesús, debemos ingeniarnos para encontrar excusas en descargo de nuestros propios enemigos; y hasta en los actos más execrables, y aún cuando fuésemos nosotros mismos las víctimas, debemos solicitar su absolución con toda la ternura de nuestra alma… defendiendo la causa y la honra de los que comprometen y manchan la nuestra.

            ¡Oh, cuánto se falta a este primer punto de la caridad, aún entre los cristianos y las personas consagradas a Dios! ¡Cuántos que no perdonan ni aman, ni desean el bien a los que han hecho algún perjuicio! Y ¡cuántos que lejos de excusar al prójimo, exteriorizan sus quejas ante los demás, en la presencia del Rey de Amor Misericordioso, sin pensar en la pena que causan a su Adorable Corazón!...

            ¡Qué pena no experimenta un padre cuando sus hijos vienen con pasión y enfado a indisponerle contra alguno de sus hermanos, aunque sea culpable!... Son muchos, innumerables, los que observan esta misma conducta con sus semejantes, y nadie les indica la falta que cometen, ni la pena que con esto causan al Corazón del más tiernísimo de los padres.

            ¡Oh, si supieran hasta qué punto ama Dios a sus hijos, a pesar de su miseria, y el gozo que le proporcionan aquellos que, movidos de misericordia, procuran excusar a sus hermanos!... Son los que más consuelo le proporcionan, y en retorno, los colma Él de las ternuras de su Amor; los mira como hijos predilectos, los más amados de su Corazón, y los reconoce como verdaderos amigos.

            Examinemos atentamente, si poseemos la virtud de la caridad, con las cualidades que le señala San Pablo, anteriormente indicadas, y hagamos el examen particular sobre ellas.


            ¡Padre, perdónalos que no saben lo que hacen!

(Del "Mes del Rey de Amor". Con licencia eclesiástica).