miércoles, 1 de junio de 2016

"Primer día del Triduo: Divina declaración de Amor"


“Te he amado con una caridad eterna; por eso te he atraído, teniendo piedad de ti”.

Esta frase contiene toda la revelación del Amor Misericordioso que Jesús me tiene a mí, su mísera criatura. – ¡Jesús me ama!...

¿Quién es el que me ama?... ¡Mi Dios! ¡El Eterno Amor! El que se basta a Sí mismo y en Sí mismo encuentra su dicha y felicidad. – No pudiendo contenerse dentro de su Caridad, me ha creado para comunicarse conmigo, para derramar en mi su bondad, y aún antes de que yo existiera, ya me había concebido en sus designios de Amor… ¡ya me amaba!... Desde que Dios existe, me ama y soy obra de su voluntad.

¡Oh, criatura que tan poca cosa eres! ¡Cómo te engrandece el Amor de tu Dios!

¡Me amó con una caridad eterna y por eso me atrajo a Sí!

El amor atrae al amor; porque me ama tiene sed de mi amor, y como entre Él y yo existe una distancia infinita, y nadie puede ir a Él, si Él mismo no le atrae, mi Dios me ha atraído… ¡lo creo firmemente! ¡Así lo siente, en verdad, mi alma! Jesús es para mí un imán irresistible.

Pero ¿cómo puede atraer hacia Sí el Santo de los Santos a un ser tan miserable?... El mismo lo manifiesta: “Porque he tenido piedad de ti”.

“Mi Corazón es el Amor Misericordioso que, conmovido de compasión hacia la mísera criatura, ha descendido hasta ella, para estrecharla en amoroso abrazo.

“Mi gloria y mi gozo consisten, en derramar el bien sobre todo lo que es pobre, débil, vil y miserable.

Porque te amaba, he tenido piedad de ti, que eres cual insignificante partícula de polvo, ignorada en el Universo; y aunque hayas huido de Mí… aunque te hayas sustraído muchas veces a mi Amor, Yo te he traído muchas veces a mi Amor, Yo te he sido fiel, y no he cesado de amarte, de atraerte, porque mi compasión crecía a medida de tu miseria. – Vuelvo hoy de nuevo… ¡Vuelve a Mí!... Cree, hijo mío, ¡cree en el inmenso Amor Misericordioso que te tengo!”

Y… ¿Quién es el que hace a nuestra alma semejante declaración de Amor…?

¡Un Dios!... sí, ¡Dios mío!... Aquél que tan justamente es llamado “El Amor Misericordioso”.

¡Ah! Recibamos estas divinas palabras como último llamamiento que nos hace para brindarnos su Amor un Corazón amigo. Palabras que deben abrir ya total y definitivamente nuestros corazones, provocando en nosotros una confianza sin límites; mirando a Jesús ya verdaderamente como nuestro mejor Amigo.

¡Ah! El que haya tenido la dicha de encontrar en la tierra el dulce e inapreciable tesoro de un amigo verdadero, recordará tal vez lo que fue un día para ellos aquella primera entrevista más íntima, aquella confidencia más completa, aquella declaración de amor en que el alma comprendió y penetró el corazón de su amigo… Aquella entrevista aclaró entonces cosas pasadas, y actos anteriores, cuyo alcance no pudo él antes sospechar, y que no tenían otro objeto que el que logró, al fin, en ese día; y esos dos corazones amigos, abriéndose entonces uno en otro, se comprendieron, y en lo sucesivo reinó entre ellos la unión más íntima, más profunda… unión de corazones, de pensamiento y de voluntades.

¡Aún siendo todo un Dios el Rey de Amor, tiene el Corazón sediento de amores! Busca amigos por doquiera; corre en pos de ellos… llama a su puerta, mendigando amor: “¡Hijo mío, dame tu corazón!”.

¡Cuántas veces no ha venido también a llamar a la puerta del nuestro! Y aún vuelve hoy a llamar diciéndonos: – “¿Qué más puedo hacer por ti que ya no haya hecho?... Te amé hasta bajar a la Cuna de Belén… ¡hasta la Cruz!... ¡hasta la Eucaristía!... hasta darte mi propio Corazón… ¿qué más quieres de Mí?”…

¡Un Dios que mendiga!... ¡Un Dios que se digna rebajarse hasta ese extremo!...

Escuchémosle junto a sus Apóstoles en la última Cena. – ¿No parece un mendigo de Amor, abriéndoles su Corazón, y confiándoles todos sus secretos y el exceso con que los ama… y todo cuanto aún pretende hacer por ellos?... Sabe que le han de ser infieles, pero parece como si cerrase los ojos; su amor es el que se desborda, el que se explaya y los fortalece… – Teme que se vayan, y por eso, deshaciéndose en ternuras, quiere hacer sentir a sus corazones el extremado amor que le consume… el Amor Misericordioso…

¡Ah, no conocemos bien a Jesús!... no se conoce su Corazón… por eso no se le ama…

¡Tantas almas como hay que viven aisladas en la tierra y gimen de continuo por no tener amigos!... ¡Tratemos nosotros de orientarlas hacia Jesús!... ¡Acerquémoslas al Divino Corazón, que las espera y las ama! ¿No es un amigo fiel y verdadero?... ¡Nadie lo creería, a juzgar por la indiferencia con que le miran y le tratan!... ¡Se apasionan menos sus amigos para amarle, que sus enemigos para escarnecerle! – Al ver un Crucifijo o ante la Sagrada Forma, ¿vibran de amor nuestras almas tan íntimamente como vibran de odio las de sus enemigos? – ¿Son tan espontáneas en nuestros labios las alabanzas, como en los suyos las blasfemias?... – ¿Mostramos nosotros tanto respeto y amor por su santa ley como furor e industria despliegan ellos para fomentar el odio contra Jesús?

¡Oh, dolor! ¡Los malvados conquistan más partidarios con sus crímenes que el Rey de Amor con los excesos de su solicitud!...

¡Jesús no recibe sino desconsideraciones, repulsas, ingratitudes, hasta de sus amigos!... ¡Calculemos el sinnúmero de infidelidades y decepciones que en una hora, en un día recibe Jesús, aún de los que le aman!

Pero Jesús no se desanima; es la fidelidad misma… ¡no se cansa de amar!

¡Me ama a mí, quizás el más favorecido, el más solicitado, y hasta casi el más perseguido por su Amor; y tal vez también el más ingrato e infiel de sus amigos!...

¿Continuaré yo haciéndole esperar? ¿No corresponderé todavía a este nuevo llamamiento?

Desde el Bautismo es Dueño de mi corazón, y, sin embargo, tal vez en él esté como Rey destronado, Rey cautivo o solitario, viendo colocado en su lugar el ídolo de mi amor propio. ¿Cuál es el recibimiento que le hago cuando voy a su encuentro por la mañana invitándole a venir a mi pecho en la Santa Comunión?... ¡Tras de breves fórmulas… pronto le dejo!... ¡y corro a mis entretenimientos y ocupaciones ordinarias!... mi espíritu se disipa… mi corazón se adormece… ¡mi voluntad languidece! – ¡Así reposa Jesús en mi alma!... así ha pasado por ella… ¡y por muchas otras el Rey de Reyes! ¡Mi Dios!... ¡Aquél a quien llamamos Nuestro Señor Jesucristo!

¡Oh, Jesús, mi Amor! ¡Mi Rey adorado! ¡Que siendo tan grande, os hacéis tan pequeño, para uniros a mí, brindándome vuestra amistad! – ¡Mi corazón ya es todo vuestro, y toda mi vida deploraré lo tarde que os conocí!

¡Mi vida será todo amor, ternura, reconocimiento y reparación por tanta ingratitud, e indiferencia tanta! ¡Se consumirá toda en adoración y amor!

Quisiera emplearla entera en alabaros y atraer hacia Vos, ¡oh, Corazón tan Misericordioso y Bueno!, a todas las almas humildes que, como los niños, son vuestras predilectas; pero también a los pecadores, a los ingratos, a los indiferentes, a fin de que, alcanzando también ellos vuestro perdón, se conviertan en amigos, apóstoles y defensores vuestros, y que todos nosotros vivamos unidos para desagraviar vuestro Corazón y proclamaros, no ya sólo de nombre, sino con toda verdad:

¡Rey de Amor, Rey de los Corazones!

(Del "Mes del Rey de Amor". Con licencia eclesiástica).