jueves, 2 de junio de 2016

"Segundo día del Triduo: Los Amigos de Jesús"


“Sois mis amigos si hacéis lo que os mando… Ya no os llamaré siervos, porque el siervo no es sabedor de lo que hace su amor: os he llamado amigos, porque os he hecho saber cuántas cosas oí de mi Padre”. (Discurso, o Sermón de la Cena. – San Juan, XV, 15).

En estas palabras seguimos recibiendo las divinas confidencias de Jesús.

En ellas es más explícito, más abierto, más confiado que nunca con sus Apóstoles. Hasta aquí los había tratado como siervos: pero en este día les da el dulce nombre de amigos… ¡Amigos de Jesús!... Y Él mismo les indica la diferencia que hay entre siervos y amigos… ¿No nos trata también como amigos a nosotros, habiendo recibido anteriormente, por los santos libros y por sus escogidos, las Confidencias más íntimas de su Corazón?... ¿Qué alma ignorará las acciones y palabras de Jesús teniendo entre las manos el Evangelio y con él todas las manifestaciones de los afectos, pensamientos y disposiciones de su Divino Corazón?...

– ¡Qué bien se llega a conocer el Corazón de Jesús cuando se le estudia en el Evangelio!...

Se adquiere el conocimiento de personas que no hemos tratado nunca, leyendo su vida o estudiando sus pensamientos, palabras y obras. ¿Cómo, pues, prestamos tan poco interés, por conocer el espíritu de Jesús… de su Corazón Divino?

Nos contentamos con saber que tiene un Corazón, exponemos su Imagen en nuestras casas, la llevamos colgada sobre el pecho y hasta enviamos sus imágenes a los demás. Pero… ¡qué poca cosa nos parecería todo eso, si le amáramos de veras!

Fijémonos en lo que nos ocurre con nuestros íntimos amigos; ¡con qué afán tratamos de conocer hasta los más pequeños detalles de su vida!... y cuando están ausentes, ¡cuánto nos gusta que nos hablen de ellos y cómo se graban en nuestro corazón hasta sus menores palabras!... ¡Qué deseo sentimos de conformarnos a sus gustos e inclinaciones!... ¡Con qué placer guardamos sus secretos si nos los confiaron! No quisiéramos olvidar ni una sola letra de cuanto nos dijeron, y frecuentemente lo recordamos con sus amigos.

¡El Santo Evangelio pudiera muy bien denominarse el Espíritu o el Corazón de Jesús!... ¡Con qué amoroso respeto debiéramos mirar este sagrado Libro!... ¡Con qué afecto besarlo!; y ¡leerlo de rodillas! ¡Cómo debiéramos nutrirnos con cada una de sus líneas… verdadero maná celestial que debía ser nuestro alimento, como lo era para Jesús la lectura de la Ley y los Profetas, donde veía la Voluntad del Padre!

Tratemos desde ahora de penetrar más y más en el conocimiento verdadero de nuestro Divino y adorable… Amigo Jesús, tan bueno para nosotros, que nos ha dado su Espíritu.

Si uno de nuestros seres más queridos, a la hora de su muerte, hubiera podido dejarnos su espíritu y su corazón al separarse de nosotros… ¡con qué amor y con qué gozo viviríamos tratando de conservarlo! ¡Con cuánto respeto guardó Eliseo el manto de Elías! ¡Con qué veneración se honran las reliquias de los Santos, sus huesos, sus cuerpos inanimados y hasta sus vestidos! ¡Oh, si nos dieran sus almas para animar nuestras vidas! – Jesús así lo ha hecho… El Espíritu del Amigo Divino mora y permanece en nosotros, denominándole Jesús “El Amor”, porque el Espíritu de Jesús no es otra cosa que Amor. ¿No es de éste el nombre que se da al Espíritu Santo?

El Espíritu del Rey de Amor está en mí. ¿Puede haber en el mundo nada más grande? ¿Puedo recibir un privilegio más excelente? Pero lo esencial es que yo sepa sacar fruto de este don sagrado, oculto realmente hasta hoy en mi pobre humanidad.

¡Por su divino Espíritu está Jesús tan cerca de mí!

– ¡Le tengo además bien próximo, viviendo real y verdaderamente en la sagrada Hostia, donde quiera que se encierra su divino Sacramento! – ¡Oh, Jesús! Y ¿esta pobre miseria es la que recibe tal merced?... ¿de dónde me viene a mí semejante don? – “No sois vosotros los que me habéis escogido a mí, dice Jesús… soy yo el que os ha escogido”…

¡Qué amor de predilección!

¡Oh! ¡Con qué divino amor me ama Jesús al entregarme su amor!... ¡ha hecho de mi corazón un rinconcito del Cielo, convirtiéndolo en su propio Reino! ¿Qué deberé yo hacer para llegar verdaderamente a serlo y responder a su Amor?... Al decirme Jesús que es nuestro Amigo, nos dice también cómo podremos nosotros serlo suyos, porque la amistad debe ser recíproca.

Se muestra nuestro Amigo tanto más cuanto más nos comunica su luz y conocimiento de la voluntad del Padre; y nosotros lo somos tanto más suyos, cuanto mejor aprovechamos este conocimiento, recibiéndole con sencillez y pureza de corazón, abriendo y disponiendo nuestro corazón para mejor recibirlo, adhiriéndonos a Él y conformando con Él nuestra vida.

Vivir en Dios es conocerle y amarle: la expresión del Amor de Dios en el Cielo se hará por medio del conocimiento que de Sí mismo nos dé. Por este conocimiento se unirá a nosotros, iluminando nuestro espíritu, abrasando nuestro corazón, atrayendo nuestra voluntad como un imán sagrado. Y por eso la medida de su Amor hacia nosotros será la del grado de conocimiento que nos comunique.

La expresión de nuestro Amor hacia Él será la adhesión a este conocimiento y dará la medida del amor que le tengamos, la fuerza y la intensidad con que nos unamos a Él y en Él nos perdamos para vivir de su vida.

Aun aquí abajo vemos que cuando queremos que un cuerpo cualquiera se impregne de la sustancia de otro (por ejemplo, un lienzo con bálsamo) tanto más impregnado quedará, cuanto más fuerte y estrechamente los unamos. Y la proporción sería menor, si el contacto fuese más ligero.

Comprendemos mejor una verdad, cuanta mayor atención le prestamos; y cuando nos hemos penetrado íntimamente de algo, lo retenemos mucho mejor.

Así también, se ama y se desea tanto más un bien, cuanto más se conocen y se saben apreciar las excelencias del bien amado.

Así, pues, la medida del conocimiento de Sí mismo que Dios nos conceda (es decir, la medida de su amor hacia nosotros), será la medida de nuestro amor hacia Él.

Cuanto más le conozcamos, más le amaremos; y cuanto más le amemos, más todavía deseáramos conocerle… y más amorosamente le contemplaremos.

Pero, ¿qué vemos actualmente (al menos con los ojos de la fe) en el Corazón de Jesús?...; (porque su corazón es el que atrae nuestras miradas, y su Corazón es todo Él). – Vemos en Él un amor infinito del Padre y de cuanto ama el Padre; por tanto le vemos amar como el Padre a todas las criaturas del Padre, particularmente a aquellas que le ha dado el Padre. – Le vemos con aquella misma inclinación que tuvo en la tierra hacia todos los pequeños, los pobres, los indigentes. – Y también vemos que el Padre quiere que nosotros amemos de la misma manera, siendo como reflectores divinos, que devolvamos a nuestro amado prójimo cuanto del divino Amor recibamos.

Este deseo del Corazón de Jesús está expreso en su amoroso mandamiento: “Amaos unos a otros como Yo os he amado”. – “Seréis mis amigos si hacéis lo que os mando; si así lo hacéis”. – “Y os reconoceré por mis amigos según la medida en que lo hagáis”. – ¡Fácil es comprender la pasión que se despierta entonces en el alma por los pobres, los miserables, los pecadores; por cuantos afligen y ofenden a Jesús! Con estas disposiciones el alma comprende que se asemeja más a Él.

¡Siente entonces como Jesús la misma necesidad de prodigarse, de rodear de atenciones y delicadezas a todos! De perdonar y de hacer el bien por todas partes, – ¿podría ser de otro modo? “El Amor hace semejantes a los amigos”. (Santa Margarita María). Cuando no encuentra esa semejanza, la produce. – ¡Oh, Jesús que tanto me habéis amado! ¡Quiero contarme entre vuestros amigos, amar a cuantos ama vuestro Corazón, y amarlos como Él los ama; y con el amor con que a mí me ama! – ¡Amor Misericordioso! – Amor que abraza todas las miserias y nada omite para entregárselas al Padre… Amor Misericordioso, que brota en el alma por el deseo y la voluntad de parecerse a Jesús, y por el deseo y la voluntad de agradar más y más al Rey de Amor…

El amigo de Jesús, es manso y humilde como Jesús; tiene un corazón de padre, de madre, de hermano, de amigo, para todos los que sufren y recurren a Él. – Cuanto más en falta se esté con Él, con tanta mayor confianza puede buscarse su ayuda. – El verdadero amigo de Jesús como nuestro divino Salvador, es el sostén de los débiles, los consuela y anima con el espíritu que mora en Él y que le alienta y le posee. Es amigo de los pecadores, no para alentarlos en el vicio, sino para sacarlos del precipicio. El que ha delinquido, el que se ve caído, aquel que tiene el corazón herido, necesita otro corazón que le compadezca y le comprenda; que por su misma miseria, le ame; que reanime su confianza y le hable de esperanza, ¡del Misericordioso Amor de nuestro Salvador!...

Hay obras admirables para el alivio de las enfermedades corporales, Sociedades de Socorros Mutuos, etc. Y como decía un santo amigo de Dios, “¡serían mucho más necesarios los socorros mutuos de amor…!” ¡Están haciendo tanta falta para tantos hermanos nuestros desdichados, para tantas almas descarriadas…! ¡Esta será la obra secreta del Amor Misericordioso, donde quiera que verdaderamente reine…!

¡Oh, cuánto ama Jesús a sus verdaderos amigos, los mansos, los bondadosos, los pacíficos, que, como San Francisco de Sales, sólo emplean la ternura de corazón para convertir a las almas, mostrando la fe, rodeada de toda la fuerza y los atractivos del amor!

Tengamos verdadero celo por las almas, pero celo semejante al de Jesús. Guardemos para nosotros la expiación, el sufrimiento; no temamos ni desprecios ni censuras; para que todos puedan reconocernos entre los fieles amigos de Jesús, unidos y movidos por su mismo Espíritu… de Caridad… de Amor Misericordioso… y pudiendo decir al vernos: ¡éstos son sus amigos, porque piensan, hablan y obran, como Él…!


¡Oh, Jesús! Que yo haga bien todo lo que me pides, para que tenga la gracia insigne de merecer un puesto entre los tuyos: entre los amigos de tu Corazón.


(Del "Mes del Rey de Amor". Con licencia eclesiástica).