miércoles, 8 de junio de 2016

"Cómo nos uniremos a la tristeza de Jesús"

¡Padre, que no se haga mi voluntad, sino la Tuya! 

     Jesús señala a Santa Margarita María el ejercicio de la Hora Santa, como segundo medio para reparar la ingratitud de los hombres. “Entre once y doce de la noche que separa el Jueves del Viernes, y en memoria de la tristeza mortal, que experimenté en el Huerto de los Olivos, te postrarás con el rostro en tierra, implorando la misericordia divina a favor de los pecadores, y consolándome en la amargura que me causó el abandono de mis Apóstoles.”

     En estas palabras de nuestro Rey de Amor, encontramos indicadas tres disposiciones: primeramente; la prosternación en memoria en memoria de la tristeza mortal de nuestro Adorable Redentor. – Después, la misión y conformidad a las disposiciones dolorosas del Corazón de Jesús – ¡a los sufrimientos de su Corazón! … ¡es todo Amor… ama… tiene necesidad de amar...! necesita almas que se dejen amar y que quieran corresponderle a su vez amándole siquiera un poco…

     ¿Quién será capaz de comprender jamás la inmensa tristeza de un Dios–Hombre, que vino a la tierra para salvar a las almas, mientras ellas se obstinan en perderse?

     Vino a traer fuego de amor a la tierra, y los corazones no quieren abrasarse al contacto de ese divino fuego.

     ¡Qué mortal tristeza no sentiría el Corazón de Jesús, al ver huir a sus criaturas a medida que Él se acerca a ellas, deseoso de abrazarlas, para desahogar su Corazón, ansioso de prodigarles toda clase de bienes y no encontrando sobre quién derramarlos!
           
     Sólo el corazón que ama, puede comprender los sufrimientos del amor; cuanto más se ama, más se saben apreciar; y de ellos, el más inconcebible es la ingratitud.
            
     Quienquiera que los haya experimentado, podrá formarse ligerísima idea de la tristeza mortal del Corazón de Jesús.
           
     ¡Cuán grande y profunda debe de haber sido, para que el Divino paciente pueda llamarla “tristeza mortal”! Tan aguda fue, en efecto, que le hubiera causado la muerte, si la voluntad del Padre no le hubiese sostenido para que pudiese llegar a la consumación del sacrificio de la Cruz, en el trono real de su Amor.
            
     Su Corazón traspasado busca corazones que le comprendan, corazones amigos… Se vuelve hacia los que ha colmado de beneficios, sanado de sus enfermedades físicas o morales, a los que ha honrado con su confianza y su intimidad… y exclama con amarga aflicción: – “¡Busqué quien me consolase y no le hallé!...”
            
     ¿No se nos escapa el corazón del pecho, al oír estas palabras?... y, sin embargo, Jesús no encontró a nadie que compadeciese sus dolores…      
            
    En adelante no será así ¡Jesús mío!; entre las innumerables almas de Amor a Vos consagradas, hallaréis corazones fieles, accesibles a vuestros dolores y abiertos a vuestro Amor.
           
     Desde ahora no quiero ocuparme de otros dolores, ni de otras tristezas que las vuestras. ¿Cómo me atrevería yo a preocuparme de lo que yo pueda sufrir, viéndoos a Vos reducido a tal extremo, por mi amor (por amor a vuestra criatura? Sería yo entonces como un niño que se estuviera preocupando por una ligera cortadura de un dedo, y queriendo tener a todos a su alrededor, ocupándose de él, mientras su padre estaba en la agonía.
            
     Jesús, como Dios-Hombre, en su agonía todo lo tenía presente; veía todas las almas que en el transcurso de los tiempos vendrían a aliviar su dolor, haciendo, cerca del Sagrario, el oficio de ángeles consoladores. Me veía a mí, tan pequeño y tan pobre…, con la medida de compasión y de amor con que acudiría a consolarle en sus tristezas.
            
     Y como nada hay en el mundo que más se incline a la compasión como la propia existencia del dolor, Jesús veía entre sus Ángeles consoladores, esas almas predilectas suyas, de corazón más delicado y tierno, fuertes en las pruebas, que practican en grado heroico esa hermosa lección… la lección de Amor Misericordioso de su Divino Corazón.
            
     Jesús está triste, tiene el corazón anegado en amargura; pero ama –ama hasta sus propios verdugos–, y hasta parece que cuanto más le hacen sufrir, más bueno y misericordioso se muestra…
           
     ¡Oh!, ¡qué amoroso llamamiento el de Jesús, invitándonos a las almas desoladas y tristes a acudir a Él cuando nos dice!: “Venid a Mí todos los que sufrís y padecéis que yo os consolaré”… Si Yo pasé tanta tristeza fue por vosotros – para santificar vuestras tristezas, para mereceros la gracia de santificarlas. En medio de mi tristeza Yo os veía… y me unía a vosotros; haced ahora lo mismo vosotros en las vuestras; miradme y uníos a Mí; y juntos nos consolaremos y nos comprenderemos muy bien –; pero Yo beberé la parte más amarga del cáliz, no dejándoos gustar a vosotros más que unas gotitas para concederos la gracia y el honor de que después de Mí acerquéis vosotros vuestros labios.
            
     Uno de los mayores sufrimientos de la agonía de Jesús, fue ver los sufrimientos de los suyos, sus amigos más queridos… y si hubiese sido la voluntad de su Padre, ¡con cuánto amor hubiera cargado sobre todos sus sufrimientos los de toda la humanidad entera, con tal de librar al hombre de ellos! Pero veía la gloria que procurarían al Padre, el amor de preferencia cuando sufre, los méritos que tiene el alma guiada por la fe, y la semejanza que con Él adquiriría.
            
     Nadie podrá comprender jamás las vibraciones de Amor y de dolor del Corazón de Jesús, de nuestro Rey de Amor; su tristeza viendo sufrir y su sufrimiento al aceptar los sufrimientos de las almas fieles, miembros suyos que le están tan íntimamente unidos.
           
     ¡Oh, Jesús!, Amor Misericordioso, que tanto habéis sufrido por mis sufrimientos, yo me uno a Vos.
            
      ¡Oh, Jesús!, que os unisteis a mí en vuestras amarguras, yo me uno a Vos.
            
     ¡Oh, Jesús!, que tuvisteis presentes a todas las criaturas en vuestras tristezas, yo me uno a ellas y a Vos.
            
     Haced, Jesús mío, que mis tristezas sólo sirvan para hacerme pensar en las vuestras, y que olvidando las mías, sólo sepa ocuparme de compartir las vuestras, implorando vuestra misericordia y la de vuestro Padre, a favor de aquellos que os la ocasionan, y consolándoos, con mi amor, de la amargura que sentisteis por el abandono de vuestros Apóstoles.
           
     ¿Qué son mis penas comparadas con las vuestras?
            
    ¡Oh, Jesús!, quiero pasar mi vida procurándoos consuelos y alegrías, y sean los que fueren mis sufrimientos personales, olvidarme de ellos, para consolaros a Vos en los vuestros y consolar a mis hermanos que padecen, puesto que sus sufrimientos decís que los sentís como propios…
            
     He de poner mi mayor empeño en consolar a las almas afligidas.
            
    Jesús Rey de Amor y de dolor, os consolaremos si consolamos a los que sufren.
            
     María, ¡Madre mía querida! Comprendo el singular atractivo que tiene para Vos este dulce oficio… Jesús, vuestro Divino Hijo, ha dicho, que mirará como hecho a Él mismo lo que hagamos a cualquiera de sus pequeñuelos.
            
     Consolamos, pues, a Jesús, cuando enjugamos algunas lágrimas, cuando esparcimos un poco de alegría, cuando dilatamos un corazón oprimido; con una palabra bondadosa, con una sonrisa agradable, o con una benévola disculpa. ¡Qué poco cuestan, y cuánto valor tienen ante Dios estas pequeñeces!...
          
    ¡Oh, María, Madre nuestra, enseñadnos a olvidarnos constantemente de nosotros mismos, para consolar a Jesús como Vos!

(Del "Mes del Rey de Amor". Con licencia eclesiástica).