jueves, 30 de junio de 2016

"¡Centellitas!: El Padre Nuestro"

Todavía hay otro “secreto de Amor” que ha brotado del Corazón Deífico; otro secreto de su Amor Misericordioso: “Todo cuanto pidiereis al Padre en mi nombre, os lo dará”… Orar es ganar a Jesús por la palabra de su Corazón; es ganarle por su lado flaco, digámoslo así… ¡Siente tan a lo vivo la necesidad de comunicarse, de difundir con largueza su bondad! La oración del humilde y confiado penetra los cielos… dilata el Corazón de Dios y atrae las efusiones de su Amor Misericordioso, el cual experimenta mayor gozo en dársenos que nosotros en recibirle.

Pero ¿cómo se ha de orar? – El mismo Jesús nos lo ha enseñado… asociémonos, pues, a Él y digamos de corazón: ¡Padre nuestro!... Quiere que llamemos a Dios nuestro Padre, y que seamos sus verdaderos hijos… Para ello, es preciso tener fe viva en el Padre, acudir a Él como hijos amantes, respetuosos sumisos… como niños que se dan cuenta del amor de su Padre… que no buscan sino el dar gusto a su Padre… que llevan en sí los rasgos y fisonomía de Él… que pareciéndose a Él, son su gloria y su alegría, y aman asimismo a sus hermanos, hijos también de este buen Padre. ¿Soy yo para mi buen Padre un verdadero hijo, un buen hijo?

Que estás en los Cielos; en los cielos de tu gloria… y también en los cielos del reino que deseas tener establecido dentro de nosotros… Tu Cielo ¡oh mi Dios! ¿se halla dentro de mí en este momento?

Santificado sea el tu nombre, y reverenciado con el amor y respeto que a su santidad convienen… ¡Ay, cuantos te blasfeman! … ¡Que toda rodilla se rinda delante de Ti!... Y cuando yo mismo te nombre ¡oh Dios de bondad! que todo en mí te alabe y te confiese, obrando al unísono el espíritu y el corazón. ¿Por ventura no he pronunciado con mucha ligereza tu santo Nombre?

Venga a nos él tu reino; sí, que venga a nosotros y alrededor de nosotros. Que llegue el amor… ¡cuán necesario es!... Pero Tú, oh Jesús, quieres reinar muy pronto en nosotros… quieres ser Rey, ser Dueño… ¡tienes derecho a ello, todo te pertenece!... ¿Trabajo yo lo bastante para acelerar este reinado?, ¿lo pido como debiera?, ¿me impongo toda clase de sacrificios para lograrlo? ¡Oh, Rey de Amor!, quiero aumentar tus conquistas… quiero extender por doquier tu dulce reinado.

Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo.

Cúmplase en todo… por todos… siempre… gozosamente... amorosamente… no buscando otro contento que el del Amado, cuyo querer infinitamente sabio y amable todo lo dirige y ordena.

En el Cielo, cuando Dios habla, todo se hace al instante sin la más leve réplica ni demora. Todos tienen allí una misma voluntad, que aman y adoran… voluntad infinitamente buena, infinitamente santa, la cual a aquellos felices moradores ensalzan y prefieren a todo. ¿He cumplido yo como se debe esta santísima voluntad de Dios?, ¿la amo lo mismo cuando me inmola y crucifica que cuando me regala?

El pan nuestro de cada día dánosle hoy.

Danos el pan de nuestro cuerpo que nos tienes preparado con tanta solicitud y liberalidad, a pesar de nuestras ingratitudes… y el Pan de nuestra alma, pan de la Voluntad divina, juntamente con la gracia para cumplirla; es decir: fuerza y luz. Danos tu Eucaristía todos los días de nuestra vida mortal, y sé, Señor, nuestro Pan en el eterno festín de la gloria. Lo pido… ¿pero lo sé agradecer?

Perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores.

¡Es esta la gran ley de la Misericordia! ¡Qué angustias para tu Corazón, oh Jesús, al ver como muchas almas repiten estas palabras con los labios sin advertir lo que piden… sin fijarse, al parecer, en la condenación que sobre sí mismas lanzan… Piden que las perdones como ellas perdonan, y ellas… ¡no quieren perdonar!

Cuando yo rezo el “Padre nuestro” en nombre de las criaturas, tiemblo, y al llegar a este punto me detiene siempre mi pobre corazón diciendo: perdónanos nuestras ofensas, no como muchos perdonan, sino como nosotros debiéramos perdonar… como yo querría hacerlo, si alguien me hubiera ofendido[1].

Perdónanos, Señor, el pecado de no perdonar, y por consiguiente ¡ay! el de no amarte a Ti; el pecado de mentira y contradicción frecuentes en que incurrimos engañándonos a nosotros mismos… Sí, nosotros tenemos la osadía de decirte que te amamos, cuando para el prójimo guardamos desprecios, odio, desdén, resentimientos, rencor… cuando damos tanto que sufrir en el prójimo, a tu divino Corazón, ya que has dicho: “que considerarás como hecho a Ti mismo todo cuanto hagamos al menor de nuestros hermanos”, hasta nuestras reticencias y frialdades…; y que cerrar el corazón  a las necesidades del prójimo, es no tener tampoco caridad contigo; y tratarle con dureza e intentar vengarse de él, es atraer sobre nosotros tu justa cólera, cambiar tu clemencia en terrible ira…; por eso nos exiges ante todo  este gran acto.

¡Oh, Amor! ¡Amor divino! Transforma al mundo, enseña a todos el amor al prójimo, al menos que los cristianos destierren de su corazón todo lo que huele a orgullo, a hiel y aspereza; no más palabras mordaces, no más conversaciones burlonas; no más de nada que pueda causar pena y aflicción al prójimo.

Seamos como Jesús para con los pecadores… ¡excusémoslos siempre como Él! Pidamos mucho por ellos, pero nunca los juzguemos. Cuanto más horror nos causen, cuanto más nos ultrajen, tanto más debemos perdonarlos… manifestarles dulzura y amor para mejor ganarles el alma; estando dispuestos a dar nuestra vida por quienes pretenden quitárnosla, por quienes nos perjudican y dañan. ¡He aquí lo que Jesús nos predica con su muerte! Aprendamos, pues, nosotros a practicarlo en pequeño, no volviendo sino bien por mal, atención por desdén, obsequio por injuria… así llegaremos a ser buenos… así es como aprenderemos a amar. ¡Ah! ¡Qué poco comprendido es el precepto del Maestro divino; Amad a vuestros enemigos… haced bien a los que os odian!... Nosotros mismos ¿cómo nos portamos en este punto? ¿No osamos tal vez corregir la conducta del Señor que hace brillar el sol lo mismo sobre los malos que sobre los buenos?... Cuando alguien quiere tomar nuestro vestido, ¿le entregamos también la capa? … “¿Cuando necesita que le acompañemos mil pasos, añadimos dos mil más a estos mil?”… Se invoca tal vez como excusa ¡el honor! ¡la dignidad!... ¿Y el Salvador?... ¿y la caridad?... ¿Quién ha de prevalecer en nuestro corazón, el espíritu de Jesucristo o el del mundo? …Para salvar el mundo es menester encenderle en la caridad, es menester hacer brillar en él esta virtud celestial: entonces el reinado de Jesús estará muy cercano. ¡Aceleremos su hora!... perdonemos para que El nos perdone… Seamos misericordiosos si queremos ser tratados con misericordia. ¡Oh corazón mío! ¿Cuál es tu actitud y disposición?

Y no nos dejes caer en la tentación.

Pero para ello vigilemos sobre nosotros mismos… ¡Vigilemos y oremos! como Jesús nos lo recomienda… ¡acudamos a María! En los peligros refugiémonos en el Corazón divino y permanezcámosle fieles, custodiados y protegidos por nuestra Madre.

Mas líbranos del mal.

Líbranos de todo mal; no de lo que nosotros llamamos mal, sino de lo que verdaderamente lo es: del gran mal del pecado… del gran mal de nuestra alma… del orgullo… de la preferencia que el hombre hace de sí mismo y de las criaturas sobre Ti… de todo desorden… en una palabra, de cuanto es contrario a Ti y al bien. Las cosas que nosotros llamamos males, no son con frecuencia, sino bienes con los que se alcanza la felicidad eterna… estos males, que no son pecado, los llevaremos, Señor, a tu divina presencia, y sin determinar el remedio, cada uno te diremos con sencillez de niño: “Padre de bondad, vengo a Ti: aquel a quien amas sufre… o está enfermo…” Tú nos concederás siempre –estamos seguros de ellos- lo que más nos convenga. Tú que tienes en tu mano la sabiduría y el poder junto con el amor a nosotros… ¡Padre bondadosísimo, Padre celestial, Amor Misericordioso! Escucha la suplica de un miserabilísimo siervo: ¡Antes la muerte que el pecado! ¡Antes el sufrimiento que la imperfección! ¡En Ti me arrojo confiado! ¡Líbranos de todo mal! Así sea.

(Extracto de "Centellitas").





[1] No se entienda, sin embargo, que los que guardan odios en su corazón no deban rezar el “Padre nuestro”, pues como dice muy bien el Catecismo de S. Pío V citando a Santo Tomás, el fiel cristiano, al rezar esta oración, lo hace en nombre de toda la Iglesia, en la cual necesariamente ha de haber almas piadosas que perdonaron las injurias recibidas. Añádase a esto, como lo advierte el mismo Catecismo, que no sólo pedimos que nos perdone Dios nuestras deudas, sino que, siendo necesario perdonar a nuestros deudores, pedimos también la gracia de reconciliarnos con ellos.