jueves, 24 de noviembre de 2016

"Mensaje del Amor Misericordioso: ¡Tengo compasión!"

Compasión del Corazón de Jesús durante su vida mortal.

            “¡TENGO COMPASION!”[1]. Esta palabra brotó  en otros tiempos de un corazón que era a la vez el Amor y la Omnipotencia, del Corazón de Cristo Jesús. Él veía a su alrededor muchedumbres hambrientas, una multitud de almas que estaban allí como ovejas sin pastor[2]: tuvo piedad de ellas, y en su favor hizo la multiplicación de los panes y además dijo a los suyos: “Rogad al dueño de la mies que envíe operarios a su mies”[3].

El Corazón de Jesús siempre el mismo. – Su misericordiosa bondad.

            En esta hora y siempre, el Corazón de Cristo es el mismo; en él se encuentra la misma compasión. Vosotros a quienes persigue su gracia, vosotros a quienes espera, no creáis que lo hace de un modo humano, por su propio interés, o que sea indiferente a lo que os interesa: os ama, os ama infinitamente y, mientras estéis en la tierra, multiplicará sus insinuaciones, os ofrecerá su gracia con abundancia y a vosotros también os dirá: “SI CONOCIERAS EL DON DE DIOS y quién es el que viene a ti”[4], serías tú quien correrías a Él y le dirías: “Señor, ¿qué quieres que haga?[5]. ¿De dónde viene este favor de que Vos vengáis a mí?”… Él os contestaría: “Yo te amo; por ti he dejado mi cielo, me he hecho una humanidad en el seno de la Virgen, a fin de poder hacerme tu hermano, tu compañero, tu amigo… He querido tomar sobre mí todos tus sufrimientos, todo el peso de tu pecado, para expiarlo y para abrirte mi cielo. Yo he descendido hacia ti, para levantarte hacia Mí.

            Tú no hubieras podido conocer las cosas eternas, si yo, que vivo desde el principio en el cielo, no hubiese descendido hacia ti. He venido, pues, para hacerte conocer lo que es tu Dios, lo que Él te pide, lo que te promete, la vida que te espera si quieres creer en Mí, si quieres ser mirado por Dios como hijo suyo…

            Yo hubiera podido venir a la tierra en medio de delicias, de honores; pero he querido nacer pobre, en la privación. He buscado siempre los pobres: los he hecho mis confidentes, mis amigos; ellos son los que he llamado los primeros cerca de mí; son ellos los que he escogido para apóstoles míos; he compartido sus trabajos; he venido a enseñarlos, me he hecho su defensor en todos los encuentros…

            He querido obedecer, Yo el Amo del mundo, para enseñaros a hacerlo, sabiendo vuestras dificultades para someteros… No soy un Jefe arbitrario: soy el Dios bueno, el Amor Misericordioso… Tengo compasión de todo lo que en la tierra sufre y he venido a vosotros para aliviaros; he venido para traeros la esperanza, la paz, la felicidad.

            Los hombres no conocen mi Corazón. Yo no rechazo a ninguno que venga a Mí; los pecadores encuentran en Mí el perdón; los desalentados la fuerza, la confianza; los abandonados un amigo; a aquellos mismos que me han abandonado, si vuelven, les abro mi Corazón y mis brazos.

Jesús no es conocido; los que le blasfeman, comúnmente le desconocen. – La felicidad, la verdadera riqueza, el sosiego se encuentran en Él.

            Muchos me blasfeman: me ignoran, no saben quién soy. Vosotros al menos los que leéis esto, tratad de conocerme; preguntadme a Mí mismo quién soy. Yo soy el Creador del mundo; soy Aquel a quien se ofende por el pecado; soy Aquel que es la misma bondad, la sabiduría infinita, que todo lo puedo; Aquel de quien mis propios jueces han dicho: “Yo no veo en él nada condenable”; El que pasó haciendo el bien, curando los enfermos, consolando los afligidos; El que os promete, si creéis en Él, la vida eterna, la resurrección después de la muerte y una felicidad sin fin… ¿No sería temerario exponeros a perder tal bien, sin haber tratado de aseguraros de la verdad cerca de los que la enseñan?... ¿Es prudente, cuando se quiere uno informar de alguien, no dirigirse más que a los que no le conocen o a sus enemigos, que nunca han escuchado sus confidencias, que nunca han conocido las vibraciones íntimas de su corazón?...

            Sin daros cuenta, por las solas aspiraciones de vuestra alma, es a mí a quien buscáis. Los que tenéis una ideal de belleza, en vano lo buscáis en la tierra; podéis siempre subir: existe un ser más bello que todo lo que podéis encontrar; sí, más bello, más amable, mejor también… Los que gemís viendo la malicia de los hombres y buscáis la bondad, subid, subid también más alto de lo que podáis encontrar mejor: encontraréis a Aquel que ha puesto en el corazón del mejor de los hombres algo del suyo.

            Aún vosotros que buscáis la felicidad, la riqueza, en Mí encontraréis incomparablemente más de lo que encontráis y deseáis sobre la tierra: he venido a ofreceros todo aquello para lo cual os sentís creados, y sólo Yo puedo llenar las necesidades de vuestro corazón; sólo en Mí encontraréis el descanso y el sosiego.

            Voy más lejos todavía: vosotros mismos que pretendéis poner en la tierra todo en un pie de igualdad y quisierais establecer todo en comunidad, ¿no os fijáis en que habéis sido adelantados por Aquel a quien quisierais expulsar de la tierra y que os ofrecería un medio poderoso para realizar vuestro deseo? Quisierais que todo estuviese en modo común, y queréis expulsar a los que viven de ese modo, sacrificándose en la oración para obteneros mi gracia y mi socorro, la gracia de luz para que a vuestra vez me conozcáis y alcancéis la eterna felicidad, después de esta vida que pasa y que también para vosotros pasará un día.

            Leed mi Evangelio: aprenderéis lo que es el Jesús del Calvario y cómo continúa su oblación sobre el altar, escondido en su Hostia, implorando gracia y perdón para toda la tierra.

Jesús no nos desea más que bien. – El pecado, causa del sufrimiento. – La esperanza de los cristianos.

            Si oís mi voz, no endurezcáis vuestro corazón; comprenderéis esta palabra que Yo dirigí a Pablo, perseguidor de mi Iglesia: ¿Por qué me persigues?” – ¿Qué te he hecho? – ¿Has recibido de Mí otra cosa más que bien?... Es cierto que también has encontrado sufrimiento en la tierra: has tenido tus días de tristeza, de trabajo, de postración, de fastidio; pero ¿has pensado lo que es un pecado, un solo pecado en la vida?... ¿Has pensado en lo que he sufrido Yo mismo por ti, y en que un día cada uno de estos sufrimientos, aceptados en unión conmigo, se cambiará en gozo, en gloria en los cielos?...  ¿Qué no hacer para prepararte un porvenir incierto en la tierra? ¿A qué no te expones?... y no sabes si la muerte te alcanzará antes de que puedas disfrutar de tus trabajos…. Yo no engaño. Acércate a los que verdaderamente me conocen y me aman; mira si no son, en la tierra, los más tranquilos, los más santos, los más felices; ¿no te has sentido tú mismo en ciertos momentos inclinados a envidiarlos?...

            Acuérdate de tus días de inocencia, y compara con los que has pasado en el pecado, en la vana satisfacción de tu naturaleza…

            Mira la muerte de los que se duermen en el sueño de los justos, con la esperanza de encontrar en Mí todos los seres queridos que le han precedido en la vida, con la esperanza de vivir en Mí la eterna vida y de recibir la recompensa de sus obras; compara esta muerte con la del pecador… y mira cuál prefieres.

Jesús hace predicar su doctrina y multiplica sus insinuaciones a las almas, por compasión.

            Tengo compasión de las almas que no quieren recibir la luz y se dejan arrastrar por el torbellino; tengo compasión de las almas que corren hacia el abismo, y quisiera detenerlas al borde del precipicio. Por eso hago predicar mi doctrina; por eso me muestro tan bueno; por eso mi Corazón está siempre abierto para conceder el perdón; por eso quisiera que vivieseis todos amándoos, aliviándoos como hermanos: si hicierais lo que os digo, tendríais la paz en vosotros y entre vosotros.

            ¿Por qué os autorizáis en vuestros extravíos y en vuestros odios, con la conducta de los que no tienen más que la apariencia de ser míos y no hacen lo que yo digo? Eso no es prudente. No hagáis eso; sino venid a buscar la luz; creed lo que os digo. Tengo compasión de vosotros, os amo, yo no os deseo más que bien, creedlo de todo corazón.

P. M. SULAMITIS

            (De la “Vida Sobrenatural” de Salamanca, vol. 22. 1930, con licencia de la autoridad eclesiástica).

[1] Mateo, XV, 32; Marcos, VIII, 2.
[2] Mateo, IX, 36.
[3] Mateo, IX, 38; Lucas, X, 2.
[4] Juan, IV, 10.
[5] Mateo, XIX, 16; Marcos, X, 17.

miércoles, 2 de noviembre de 2016

Enseñanzas del Amor Misericordioso: "¡Christus vincit!"


¡Christus Vincit!...
CHRISTUS REGNAT.- CHRISTUS IMPERAT
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1.- Cristo es vencedor.

            Es vencedor por su naturaleza… vencedor por su carácter… vencedor porque está por encima de todo, es superior a cuanto existe, por consecuencia de su unión hipostática. Cuando aparece Cristo, Dios es quien se manifiesta a los hombres. Y ¿quién hay como Dios? Lo que Dios posee en sí mismo, lo ha comunicado a Cristo. A Cristo, pues, pertenece la sabiduría, la omnipotencia. Él es el Amor mismo… y su nombre es Caridad.

            Cristo es vencedor por sí mismo, no necesita el socorro de los ángeles ni de los hombres, él que es el Rey, el soberano Señor de los ángeles y de los hombres. Pero en su bondad se digna servirse de ellos para hacerles contribuir a su victoria y asociarlos enseguida a su gloria, haciéndoles partícipes de ésta, después de haberlos empleado en aquella… El mayor honor que Cristo puede hacer a la humanidad, es la dignación de servirse del hombre para alcanzar sus victorias y glorificarse.

2.- Él es el Fortísimo; nuestras vacilaciones son falta de fe en su poder.

            Con una palabra, con un solo acto de su voluntad, él, que ha creado el universo, pudiera poner a sus enemigos bajo sus pies, anonadarlos, lanzarlos al fondo de los infiernos; pero no lo ha querido, y les deja ensayar por un momento sus débiles esfuerzos… Pero por adelantado tiene la victoria. Nadie podrá resistirle impunemente y su triunfo será glorioso; igualará a sui fuerza y a su poder… Como es el Fortísimo, sabe y puede esperar, porque toda la eternidad le pertenece. Cuanto más siente el hombre su impotencia, tanto más teme se le escape lo que tiene entre las manos… El hombre prudente, es vigilante y fiel en utilizar, en el momento presente, los medios que la sabiduría divina le presenta; no quisiera dejar perder uno solo por culpa suya; porque comprende la armonía admirable de la Providencia y cómo debe hacerse todo en orden… Pero no se inquieta, porque descansa en Cristo por encima de sus propios cuidados…

            Nuestras inquietudes son falta de fe en el poder de Cristo Rey, en el poder de Cristo vencedor; son un desorden, porque las más de las veces, mientras nos inquietamos, ya sea por lo pasado, o por lo porvenir, nos agotamos en un vano temor que nos paraliza, que nos hace perder fuerzas, temblar ante una quimera, frente a múltiples aprehensiones sin fundamento, que producen la turbación en el espíritu… una agitación en nuestro ser… sin determinación precisa, sin movimiento actual práctico…

            La consecuencia de tal inquietud suele ser la tristeza, el desaliento. El enemigo de todo bien conoce ese ardid; a menudo por ahí es por donde nos tienta, y agota las fuerzas de los buenos… Entregados a sí mismos no son sino hombres, que fácilmente son vencidos por los otros hombres y por los demonios… o por el mismo mal que está en ellos. Pero con Cristo vencedor son más fuertes que todos los demonios del infierno reunidos… más fuertes que “ejércitos colocados en orden de batalla”[1]… Nadie podrá vencer al que es fuerte en Cristo, que permanece unido a Cristo, porque Cristo mismo es quien vence y triunfa en él…

3.- Cristo ha vencido al mundo y será vencedor en nosotros por su Espíritu.

            Cristo ha hecho esta grandiosa promesa a sus Apóstoles, que vendría a ellos y pondría en ellos su Espíritu… y que este Espíritu les hará triunfar del mundo, del demonio y de la carne: Tened confianza, dice, Yo he vencido al mundo[2]. También venceréis vosotros, si ponéis vuestra confianza no en vosotros mismos, sino en Mí… Yo soy el Rey, Rey vencedor, Rey glorioso: Yo ya he vencido… y venceré aún en mis siervos… por mis siervos… Manifestaré mi gloria en los que me pertenecen… con tal de que pongan toda su confianza en Mí.

            Yo he vencido al mundo… Aunque el mundo ha rehusado el reconocerme y no ha querido recibirme… Yo he venido y he manifestado mi gloria[3]… He sido vencedor del mundo, viniendo a sacar a los míos de en medio del mundo[4], y dejándolos en el mundo sin que sean del mundo[5], para servir de condenación al mundo y para que triunfen del mundo por la fe[6].

4.- Cada victoria de los suyos es un triunfo para Él.

            Cada victoria de los míos sobre el mundo es un triunfo para Mí… Todos esos religiosos, esos apóstoles… por su vida, por sus hábitos, por su regla, por los votos observados voluntariamente, por la abnegación practicada en todo momento… por la sumisión constante a mi Iglesia y a los que me representan, en quienes encuentran la autoridad… todos estos católicos que obran según mis principios y mi doctrina, unidos a mi Iglesia, multiplican mis victorias… Porque yo soy quien triunfo y me glorifico en mis santos[7]. Por su medio hago resplandecer mi poder, y cuanto más pequeños y humildes son y tienen mayor conciencia de su insuficiencia personal, más se acrecienta al mismo tiempo su fe… tanto más puedo manifestarme  en ellos y vencer en ellos[8]… Mi victoria es tanto más brillante, cuanto mayor es la impotencia de que me sirvo. Así mis mayores victorias las obtengo por los pequeños, por los párvulos… Haceos, pues, todos como niños pequeños[9], tened fe en Mí… tened confianza… permaneced en mi amor[10]… y no tendréis nada que temer; el demonio mismo huirá delante de vosotros y le podréis vencer fácilmente. Pues yo soy quien vencerá en vosotros.

5.- Nada habrá que pueda resistirle.

            Yo soy vencedor, vencedor del hombre; lo he conquistado… me pertenece. En vano buscará sustraerse a mi poder, que contra Mí no puede nada… Algunas veces le dejo creer en su victoria contra Mí; y es que aguardo para tomar una divina represalia en que mi gloria brille con mayor magnificencia… Nadie podrá resistirme, nada resistirá tampoco al que está unido a Mí.

6.- Cristo ha vencido al demonio y a la muerte. – El que está con él también los vencerá por él.

            Yo he vencido al demonio y a la muerte[11]; el que está conmigo los vencerá. Yo salí triunfante del sepulcro, él saldrá también para gozar de la vida gloriosa que le he conquistado por mi victoria y sometiéndome a la muerte para triunfar de la muerte por mi propio poder. ¿No es infinitamente más glorioso resucitarse a sí mismo que devolver la vida a otros?

            ¿Quién puede resucitarse sino el que tiene la vida en sí mismo? ¿No demuestra en eso mismo el poder que tiene de dársela a los hombres y de quitársela cuando le agrada?... Por mi resurrección misma he dado testimonio de cómo mi Pasión, mi muerte y todos los sufrimientos y las humillaciones soportadas por Mí, han sido voluntarias…

            He vencido por mí muerte… Mi muerte en sí misma ha sido la más grandiosa de las victorias: ha sido para la humanidad y por toda la humanidad que he cargado sobre mí, y llevaba unidad a mí, como la cabeza lleva a los miembros: ha sido la victoria sobre el pecado[12], el homenaje supremo de obediencia, de sumisión del hombre a la Divinidad… En mí, Dios lo ha recibido todo y lo ha dado todo. En mi humanidad Dios mismo se ha mostrado vencedor del pecado… Yo he vencido al pecado… he devuelto a la Divinidad por la humanidad misma el más perfecto homenaje digno de ella, que sobrepasa infinitamente la ofensa del pecado…

7.- Por la obediencia alcanzaremos victorias a gloria del Rey.

            Os he dado poder de vencer a vuestra vez para gloria mía y por amor a Mí… Los que estás en Mí y queréis mi Reino es necesario ante todo que me ayudéis a obtener numerosas victorias en vosotros… Por la obediencia es como me haréis triunfar[13]. El pecado siempre es una desobediencia, una resistencia, una separación de mi voluntad… Si queréis vencer, obedeced, obedecedme a Mí, obedeced en espíritu de fe… no a los hombres como tales, sino como a Dios, como a vuestro Cristo Rey…

            La victoria, eso es lo que obtenéis según tenéis de Mí, esa la que acrecienta mi vida y mi poder en el alma, la que hace manifestarme más poderoso, mejor y más glorioso… Vuestro único negocio aquí abajo, oh hombres, pensadlo bien, es procurar mi gloria, hacerme alcanzar en vosotros numerosas victorias… Vuestra vida misma es para glorificarme: en la eternidad sin fin encontraréis la gloria que os corresponda, entonces comprenderéis lo que habéis ganado al elegirme por vuestro Rey, y, no viviendo sino para Mí, combatiendo generosamente vuestras inclinaciones y todo lo opuesto a Mí en vosotros y en torno vuestro. No temáis[14]. Cristo es vencedor… y vosotros todos seréis vencedores en MÍ…

P. M. SULAMITIS





[1] Cant. VI, 3, 9.
[2] Joan. XVI, 33.
[3] Joan. XVII, 22.
[4] Joan. XV, 19; XVII, 14, 16.
[5] Joan. XVII, II, 15; I Cor. V, 10.
[6] Joan. V, 4.
[7] Ps. 67, 36; II Tes. I, 10.
[8] Joan. V, 4, 5; Apoc. III, 21; XII, 11; XXI, 7.
[9] Mat. XVIII, 3.
[10] Joan. XV, 9.
[11] Rom. VI, 9; I Cor. XV, 54-57; Apoc. XX, 6; XX, 13, 14, XXI, 4; II Tim. I, 10.
[12] Rom. VI, 6.
[13] Prov. XXI, 28.
[14] Mat. X, 28-31; Luc. XII, 7, 32; XXIV, 36; Marc. VI, 50; Joan. VI, 20. 

martes, 25 de octubre de 2016

"Enseñanzas del Amor Misericordioso: Dad gloria a Dios"


¡Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo!

1.- Muy pocos en la prueba confiesan a Dios como Padre infinitamente bueno.

            Yo lo hago todo para mi gloria. Bien lo sabéis y lo creéis; pero prácticamente, ved cuán pocos piensan, juzgan y obran en conformidad con esta verdad fundamental.

            Llamáis a Dios Padre vuestro, creéis en Él tal cual es, infinitamente bueno, sabio, omnipotente, pero ¿cuál es vuestra actitud práctica en las ocasiones? A fin de que lo demostréis me complazco en poner a mis amigos en la prueba, es decir, en ocasión de hacer actos de las verdaderas y ´sólidas virtudes que vine a enseñar, las cuales deseo veros practicar.

2.- Un acto de virtud vale más que todo. – Las gracias del Calvario.

            Lo he dicho a menudo y lo repito: un acto de virtud vale más que todo. Practicar en cada circunstancia aquello que hayáis de predicar en adelante, atraerá mayor fecundidad a vuestros trabajos, que cuantas palabras podáis pronunciar por muy elocuentes y doctas que sean. Son santos lo que más preciso a la hora presente y Yo quiero hacerlos…

            No comprendéis bien lo que es para mi gloria la práctica de una de mis enseñanzas, un acto de unión a mi voluntad en ocasión que os parece contraria a vuestros proyectos. Habéis considerado a María, mi santa Madre al pie de la cruz; por causa mía se encontraba en las mayores pruebas, en tinieblas, en agonías de muerte. De igual modo quiero hacer pasar a vuestras almas por el crisol, a fin de comprobar si permanecéis fieles practicando la fe, confianza, caridad, humildad, obediencia, paciencia, desinterés, abnegación, fidelidad… Las horas del Calvario son en verdad horas especiales de gracias y el acompañarme allí es provechoso a las almas que me son queridas.

3.- Considerar a María en el Calvario, estar seguros de que Dios de todo saca su gloria.

            Meditad la conducta, las disposiciones de María, vuestra santa Madre. Pedidle os haga partícipes de ellas… No os dejéis paralizar por causas secundarias y pasajeras. No os detengáis en discurrir sobre las consecuencias o las causas. Si queréis aprovechar plenamente las ocasiones en que mi amor os procuro, levantad los ojos al cielo, mirad la voluntad actual del Padre celestial sobre vosotros, a fin de cumplirla sencillamente. Quiero seáis como niños pequeños. La sencillez os librará de los lazos que no dejará de tenderos el enemigo, si os extraviáis en las cosas transitorias, las cuales a veces no son más que vanas apariencias o suposiciones personales.

            Tened hambre y sed de verdad, de pensar, querer y hacer en todo, lo que debe procurarme mayor gloria. Eso es lo que hizo María en el Calvario; humilde y recogida, se unía a Mí, se adhería en la más profunda humildad y en el asentimiento más sencillo, más íntimo, más completo y perfecto, a lo que por sí misma no comprendía. ¿No era aquello, al menos en la apariencia, la ruina de mi Iglesia, de mi gloria? María creyó, humilde, en el poder divino, creyó en mi Amor Misericordioso, en mi sabiduría infinita. Segura de Mí, se adhirió, persuadida de que Yo sacaría de la prueba mi mayor gloria, lo que aconteció en efecto. Si no hubiera existido el Calvario ni el Viernes Santo, no hubieran existido para Mí día de Pascua ni Resurrección.

            Pretendo manifestar en vosotros lo que puedo hacer en débiles y pobres criaturas cuando obro en ellas; y cómo entre las mayores angustias pasadas por Mí, que es lo más querido a estas almas, pueden existir la paz y el goce que Yo les doy. Quiero demostrar igualmente cómo de todo sé sacar mi gloria.

            No temáis, pues. Alegraos en el Señor, bien seguros de que de todo cuanto haga sacaré mi gloria, y gloria magna, si sois humildes y fieles, si con insistencia pedís en unión con María, con los Ángeles y los Santos, que el Padre me glorifique, a fin de que, según sus designios, Él sea glorificado en todo el mundo.

4.- La comunión de los Santos.

            Quisiera encontrar en vosotros la práctica perfecta de la comunión de los Santos. Punto es este sobre el cual insisto en el momento presente, y quisiera encontrarlo en mayor vigor, como fruto de la caridad. Para vosotros será un gran beneficio, mi Iglesia reportará mayor provecho, y el Padre y Yo más gloria. Este sería en verdad mi fruto, el fruto divino que Yo quiero producir en vosotros y del cual he dicho: “El que permanece en Mí, y Yo en él, dará mucho fruto”.

            No comprendéis bien este principio de la caridad que es lo esencial para la vida espiritual y para vuestra santificación. Por la perfecta caridad, comprendida según mi luz, se llega a la mayor unión conmigo y a la más alta santidad. En esa caridad se encuentra la verdad, y por lo tanto la humildad y mi gloria… no ya solo en teoría, sino prácticamente y en realidad…

            Padre, que sean Uno, dije. Como Tú estás en Mí y Yo en Ti, que ellos sean Uno en nosotros… He ahí el misterio de la caridad. He ahí también el dogma de la comunión de los Santos, puesto en acción.

            En muchos de vosotros no hay ese desinterés, esa comunidad que deseo entre vosotros los cristianos. Permanecéis muy aislados y procedéis como tales, prefiriendo lo personal al bien general.

            Eso es bien porque no comprendéis lo que es la vida, Mi vida en vosotros. Si vivieseis plenamente de esa vida, conoceríais el deber de reproducir en vosotros las disposiciones que encontráis en Mí, y que así como os amo a todos y os deseo sinceramente toda suerte de bienes, a fin de atraeros por ese medio más eficazmente a mi Amor, de igual modo habéis de hacerlo vosotros.

            Si meditaseis bien, a la luz de mi Espíritu Santo, sobre mi Pasión, experimentaríais la necesidad de tributarme vuestros homenajes en nombre de vuestros hermanos, de reparar por ellos, de agradecer por los que no saben o no quieren hacerlo; os esforzaríais en suplir en todo por ellos. Entonces comprenderíais el amor inmenso que me impulsó a sacrificarme por vosotros y procuraríais corresponderme con un poco de amor, con todo el amor de que sois capaces, por vosotros y por vuestros hermanos…

            Considerar lo que acontece en las familias bien unidas… apenas es eso reflejo de lo que debe existir entre nosotros. La vida de familia es imagen de lo que quiero ver en vosotros realizado. ¿No os habéis fijado cómo los padres son lazo de unión entre sus pequeñuelos, y cómo estos disfrutan del bien general, aunque sean tenidos con mucha dependencia y sumisión? ¿Acaso se quejan de tal sujeción?... No, por lo contrario disfrutan de la ternura, abnegación y vigilancia paterna. Esos pequeñuelos solo saben amar y creer en el amor que se les profesa. ¡Cuán tiernamente aman estos parvulitos y cómo quisieran demostrarlo! No pueden ver tristes ni llorosos a los que aman sin llorar con ellos, procurando consolarlos. Al llegar a mayores, con frecuencia se les endurece el corazón. No seáis vosotros de ese número.

            Pedid ardorosamente que se os enseñen los secretos de la caridad. Cuanto más ofendido soy, más debéis esforzaros en multiplicar actos de caridad, a fin de consolar mi Corazón y suplir por vuestros hermanos. En virtud de la comunión de los Santos, por insignificantes que seáis, unidos a Mí, suplís por vuestros hermanos, haciéndolo todo en nombre de la humanidad.

5.- Permanecer unidos al Espíritu Santo.

            En Mí quiero atraer todas las almas a mi Padre. Venid, pues, a Mí: quiero atraeros por mi Espíritu Santo. Este Espíritu habita en lo más íntimo de vuestro ser. Haced valer el don divino. El es el Espíritu de verdad y de caridad, que os enseñará cuánto debéis hacer y hará vivir vuestras almas de mi propia vida, de la vida que he venido a traeros.

            El medio mejor para progresar en la caridad es permanecer cerca del Huésped divino, dejando pasar cuanto pasa, cuanto no sea un bien real, a fin de ocuparos del asunto único, que consiste en conocerme mediante la fe, y después de conocerme permanecer unidos conmigo, y por lo tanto con el prójimo. Pedid con fervor a María; a ejemplo de vuestra Madre vivir de mi vida, en permanente conformidad conmigo en la caridad… Pedid encienda Yo mi fuego en vuestras almas.

6.- Orar por el Papa y por los que están constituidos en autoridad.

            Pedid para que todos se aproximen a aquel que deseo sea considerado como mi Representante, y el Padre visible de los fieles. Entended también por qué permito en algunas almas angustias y sufrimientos: es atendiendo a la reparación universal. Quiero que se me pague con idéntica moneda, quiero recibir idénticos homenajes a los que se me rehúsan… Protestad que tenéis completa obediencia a mi divina autoridad, reconocida en mi Vicario y que aunque fuera necesario ir contra corriente, por amor a Mí estaríais siempre con el sucesor de Pedro, sea cual fuere el movimiento comunicado, acudid a su voz.

            No se ora bastante por los que están constituidos en autoridad. Las súplicas hechas por esa intención serán también fruto de la caridad y de la vida de familia; sea oración íntegra vuestra misión; sed lazo de unión interior y exteriormente…

            Buscad mi gloria con celo, procurad se me tribute por cuantos medios estén a vuestro alcance. Elevaos siempre por encima de todo lo transitorio hasta llegar a Mí para juzgar de todo según juzgo Yo, en una mirada de fe muy simple, por la cual, conociendo mis perfecciones infinitas, vuestro único deseo e intención sea ver la manifestación de esas divinas perfecciones y esa soberana excelencia reconocida por todos vuestros hermanos, en lo cual consiste mi glorificación.

7.- Hermosura de la vida de caridad – deseo de llegar a ser santos y glorificar a Dios.

            ¡Qué hermosa es la vida de caridad, si la comprendieseis en la verdad de mi ser y de las relaciones que deben existir entre vosotros! Entonces veríais cómo realmente tenéis una misma vida conmigo, para un mismo fin; que no habéis sido creados sino para la manifestación de mi gloria. Cómo desearíais entonces llegar a ser santos; porque sólo los santos me glorifican, ya que en ellos solamente puedo manifestarme como deseo. El santo es quién más de lleno vive mi vida y el que me glorifica más, porque me deja más lugar de manifestarme, según mis divinas perfecciones; porque es humilde, nada se apropia ni roba lo que a Mí solo pertenece. Ama en verdad a sus hermanos, como los amo Yo, y los ama con un corazón que late al unísono del mío. No se detiene en sí mismo para nada, sino que, mirando a Mí, se mantiene siempre unido a sus hermanos, considerando como propias sus pérdidas o ganancias.

8.- La alegría del Corazón de Dios: la paz del alma.

            ¡Qué alegría para mi Corazón, encontrar el vuestro latiendo con las vibraciones del mío! Este es el fruto de mi vida y la demostración de que mi caridad reside en vosotros[1].

            Que ese sea vuestro único y afanoso estudio. ¿Qué otra cosa tenéis que hacer aquí abajo? Me he dado a vosotros como Modelo; os concedo mi gracia; he puesto en vosotros mi Espíritu: ¿hay algo mejor, hay otro bien más grande a que podáis aspirar?

            No daré la paz al mundo por otro medio. Quisiera que aquellos que conocéis mi amor, pusierais todo vuestro empeño en vivir conforme al conocimiento que de Mí tenéis. Los hijos han de procurar asemejarse lo más posible a sus padres, sobre todo cuando este padre es perfecto. Si creéis esta verdad fundamental de un Dios Padre, Salvador, Amigo, no os costará trabajo renunciar a vosotros mismos, renunciar a lo que me es contrario, a lo que no os tenga en armonía conmigo.

            El amor debe ser el motor de todas vuestras obras, amor ilustrado por la fe, sostenido por la esperanza, porque si solos nada podéis hacer, conmigo lo podéis todo[2].

9.- Deber de la humanidad: manifestar las perfecciones de su Creador y Salvador.

            ¡Cuánto engrandece y eleva al alma pensar que en toda ocasión puede prestarse por sus actos virtuosos a la manifestación de una perfección divina, contribuyendo así a que mi gloria se manifieste en ella eternamente!

            Porque cuanto más me haya manifestado Yo en vosotros y por medio de vuestros actos de virtud sobre la tierra, más glorificado seré por toda la eternidad. Sea este pensamiento un estímulo poderoso para todos los que me amáis y buscáis mi gloria. Cierto es que debéis desear esta gloria en todo cuanto os rodea; mas es preciso que procuréis dármela comenzando por vosotros mismos, tanto cuanto os sea posible… Las mismas almas piadosas no piensan bastante, no penetran suficientemente este deber esencial de la humanidad respecto de su Creador y Salvador. La mayor parte de estas almas atienden sólo a sí mismas, en vez de vivir unidas a sus hermanos mirándome a Mí.

            ¡Cuán bueno fuera que después de estos días conmemorativos de mi Muerte, de mi Resurrección y Ascensión gloriosa, habiendo considerado mis ejemplos, renunciaríais sinceramente a vosotros mismos para comenzar, a gloria mía, una vida nueva de caridad y de verdad, de unión conmigo y con vuestro prójimo! Eso sería establecer mi Reino en la caridad…

P. M. SULAMITIS.




[1] San Juan, XVII, 23.
[2] San Juan, XV, 5; Filip., IV, 13.

jueves, 20 de octubre de 2016

"Enseñanzas del Amor Misericordioso: Aridez y hastío en la vida espiritual"


(MEDITACIÓN ÍNTIMA)

1.- Vivir de la verdad. La vida es demasiado superficial.

            Hay que enseñar a las almas a vivir de la verdad. Aun la mayor parte de aquellas que hacen profesión de vida cristiana y de piedad, sólo hacen caso de lo que afecta a los sentidos y satisface su naturaleza. Así, desde el momento que llega la tentación y la aridez, se secan y caen como las flores ajadas, sin fecundidad. Yo mismo os he dado enseñanzas sobre esto, mostrándoos las diferentes clases de almas, como terrenos diversos en los cuales echo mi divina semilla, a fin de que lleve fruto. No todas reciben mi gracia o no la reciben igualmente[1]. A ellas las vuelvo sin cesar, la vida es demasiado superficial, según la impresión del momento.

2.- Extravío de muchas almas que viven en la ignorancia, en las tinieblas, al lado de la luz.

            He venido a la tierra, Yo, la Verdad, para instruiros y hacer conocer a todos esta verdad, para haceros caminar a todos en mi luz; pero los hombres no quieren entenderlo, prefieren andar en las tinieblas, permanecer en su ignorancia y en su error, vacilantes en su inconstancia, más bien que seguir al Salvador[2]. En vano buscan la dicha, se agotan en la agitación y la frivolidad, en la prosecución de bienes engañadores… En los días de consuelo, de prosperidad, se regocijan y se apoyan falsamente en sí, en sus disposiciones, en sus proyectos, en sus trabajos.

            Las almas piadosas no están exentas de esos extravíos. Se estremecen de alegría y se creen en seguridad en los días de gracias sensibles, cuando yo escucho sus deseos, las lleno de luces, de gustos, de atractivos, y doy calor a su vida con mis divinos consuelos. Sin embargo, conocen el Getsemaní, el Calvario, pero aspiran a encontrar delicias en la agonía, goces en la cruz, no la cruz desnuda ni la amargura de mi cáliz.

3.- No es comprendido el trabajo de nuestro Padre Celestial en nuestras almas, sino malbaratado por muchos que se sustraen a él.

            Pocas almas penetran íntimamente en mis divinos misterios y saben sacar su fruto; pocos comprenden mi Corazón de Padre y el trabajo fecundo que opero en las almas en el tiempo que menos entendéis. Yo he dicho que si el grano de trigo no muere, no llevará fruto[3]. Lo creéis y citáis ese pasaje, y prácticamente ¡qué pocos consienten en morir por mi gloria, en sacrificar el gozo actual para producir después un fruto más abundante![4] He ahí por qué adelantan tan poco las almas. A poco que yo quiera trabajarlas, huyen y me abandonan; van a mendigar en las criaturas lo que ven que les niega mi bondad, como si la criatura pudiera de alguna manera suplirme. De ahí viene a veces  el deseo de bienes impuros, o mejor dicho, la culpable rebusca de los bienes falsos de la naturaleza, el desorden y el pecado. Satanás lo sabe; su astucia primero trata de turbar el alma y produce el malestar, explotando con artificio la disposición en que se encuentra. Por eso os digo: Velad y orad a fin de que no os dejéis sorprender y sucumbáis en la tentación[5].

4.- Falta la fe; el amor no es verdadero y generoso.

            No vivís bastante como hijos de vuestro Padre. He ahí por qué sois débiles y vaciláis en las ocasiones. No tenéis una fe muy viva en Dios, vuestro Padre, Amor Misericordioso; de ahí que no tengáis bastante confianza ni le améis con un amor generoso. Muchas almas desean el amor, lo piden y quieren ser todas mías; pero confunden el amor con el sentimiento, la voluntad con la apariencia. Los principiantes me aman con un amor lleno de escorias, que me es menester purificar para que sea fuerte, puro, constante. Ved cómo aun en la naturaleza las cosas más preciosas tienen que purificarse, deben sufrir cierto trabajo para ser empleadas en mis designios; el oro debe pasar por el crisol y el alma de mis amados también por el crisol divino. Veis eso en todas las vidas de los santos y os complacéis en notarlo, pero os parece otra cosa cuando lo experimentáis vosotros mismos.

5.- Sequedad, hastíos: purificaciones necesarias.

            La sequedad y el hastío en la vida espiritual son necesarios como una purificación paternal, a fin de que desprendiéndoos de vosotros mismos, de vuestros propios goces, probéis a Dios, vuestro Padre, un afecto por encima de vuestros gustos y de vuestros sentimientos… Hay almas que le están unidas cuando las acaricia y las consuela, pero la prueba de verdadero amor es permanecer fieles en las oscuridades y tinieblas.

            Qué actos tan meritorios el alma produce entonces; actos más puros y generosos, actos verdaderos, que son verdaderamente una gloria, un gozo, para el Corazón de vuestro Dios, un homenaje de preferencia que le transporta. Esta purificación no podréis hacerla si el Señor vuestro Padre no se digna de poner en ella la mano.

            En una hora de sequedades y disgusto hacéis más que en años de consuelos, si sois fieles en permanecer en Mí, firmes en vuestra fe y vuestra confianza, en la caridad. María ha pasado por el crisol, y ved cuánto he sufrido Yo. Meditad lo que se cuenta de Mí en el Evangelio, en mi agonía y en el Calvario: angustias, hastíos, tristezas, terrores, desfallecimientos, agonías… ¿Qué son al lado de eso vuestros dolores?

6.- La acción de Dios y la de Satanás.

            Por un parte, vuestro Padre Celestial se esconde para hacerse buscar, para espolear vuestra alma a actos más excelentes de amor y de fidelidad, como los del niño que prueba el cariño a sus padres cuando se agita por buscarlos o se echa a llorar. Notad, sin embargo, que esos movimientos deben transformarse en actos más viriles y generosos, en determinaciones más resueltas de un amor más puro y más efectivo, sucediendo al amor afectivo y sobreponiéndose a él… Pero Satanás está allí en estos momentos; os acecha, tiende el lazo a vuestro egoísmo para hacer que os encerréis en vosotros mismos, en lugar de mirarme y buscarme a Mí, para encontrarme y complacerme. Algunas veces os hace buscarme, pero para vuestro gozo. Así que, para algunas almas, mi ausencia, lejos de ser un llamamiento al amor más puro, las abate, las despecha y les hace dudar de mi amor; como el suyo es débil, sin fundamento consistente, en los días de sequedad y disgusto me abandonan.

7.- Los dos ejes en la vida espiritual: Fe en el amor de Dios Padre y conocimiento de nuestra flaqueza.

            Con frecuencia os he señalado los ejes sobre que descansa toda la vida espiritual: la fe en mi amor, de donde nace la confianza y la caridad, y el conocimiento de vuestra miseria, de vuestra nada; en otros términos, conocimiento de mi poder y de vuestra debilidad, de mi bondad y de vuestra malicia, de donde nace la necesidad de la unión recíproca, para que podáis encontrar la vida y todo aquello que necesitáis.

            Cuando yo me oculto, sólo os queda la fe. Ella os enseña que existo y que os amo, aun en tiempo de tinieblas; pero como la fe es independiente del sentimiento, si no juzgáis más que por el sentimiento, si no habéis tenido en cuenta mis consejos, os sorprenderéis y no sabréis a qué lado dirigiros en vuestras oscuridades… No miréis hacia abajo, ni a derecha, ni a izquierda; levantad los ojos a vuestro Padre, acudid a María y os encontraréis conmigo por la fe.

8.- Los lazos de Satanás. Cómo descubrirlos.

            Echando su lazo, Satanás os gritará sin duda: “¿Dónde está tu Dios?” Si os acordáis del Calvario, él os dirá: “Tu Cristo era Dios; tú no estás en el mismo caso”. Si con mi luz me digno enseñaros lo que hay en vosotros que purificar, él tratará de echar el veneno para desalentaros, para abatiros, para retirar el deseo de venir a Mí. Hará resaltar vuestra indignidad, excluyendo la confianza y presentando esta disposición con capa de humildad, humildad falsa que deprime. No es esta la humildad verdadera; no era así la humildad de María. Volved siempre los ojos a vuestra Madre; miraos en este espejo y sabréis lo que es el bien verdadero.

9.- Humildad, confianza. – Magnificat.

            ¡Humildad, confianza! Confianza aun con la vista de su miseria, y precisamente a causa de ella, para darme más gloria… ¡Magnificat!... He ahí lo que yo os pido.

            El diablo, al contrario, pretende meteros en quimeras. Os lleva a buscar aprobación, alientos y excusas en vuestros mismos defectos; os da confianza sólo en aquellos que os alaban e inciensan, haciéndoos huir de aquellos que os ayudan a reconocer vuestros mismos defectos; os incita a buscar en vuestra sequedad, con una curiosidad orgullosa, en qué podéis haber merecido tal privación, llegando hasta la insolencia de murmurar contra el Señor…

            En las sequedades, en el hastío y desgana, purifico a las almas, fortifico a mis hijos, les dispongo a recibir mis favores con más alegría y agradecimiento, y también con más provecho. Les descubro con más evidencia lo que pueden sin Mí, la nada de su ser, y les hago producir de manera más perfecta la confesión de mi Todo divino.

            No deseéis las sequedades; sin embargo, cuando os lleguen, no os desconsoléis. Permaneced más firmes en mi fe; pensad que es la hora de probarme vuestra total adhesión y darme más eficazmente para mi gloria el homenaje divino.

            En las horas de sequedad, guardaos de querer abandonarme por el acto de vuestra voluntad. A eso quiere llevaros vuestro enemigo. Permaneced fieles… que la humildad falsa no os aleje nunca de mi bondad.

10.- Vivir de fe, en confianza y en caridad. – Dejarse purificar por el amor.

            He aquí la regla que os doy: nunca os fundéis en el sentimiento, vivid de la fe y de la confianza, en la caridad, con el conocimiento de mi Amor Misericordioso y de vuestra indignidad. Perseverad sin desfallecer como os he enseñado, como lo hicieron María, los Apóstoles y los discípulos en el Cenáculo[6]. Cuando vuestra alma esté purificada por la prueba, libres y felices, gozaréis más puramente de mis beneficios, y mis dones estarán más seguros. He aquí la causa por la cual mis almas no reciben tantas gracias como yo quisiera: es que no se dejan moldear y purificar por el amor según mi beneplácito.

11.- Tener cuidado con las lecturas que tratan de pruebas espirituales, para no ilusionarse y dar entrada a la vanidad.

            Hay libros que tratan de las diversas purificaciones por qué hago pasar a las almas. Estas lecturas aterran a unas y llevan a otras a una vana presunción; por poco que quiera hacerles expiar alguna infidelidad o trate de comunicarles luces de humildad, se creen en estado de purificación extraordinaria.

            Vosotros, a quienes he confiado la dirección de las almas, estad muy alerta. Y vosotras, almas mías, no os dejéis engañar del enemigo, que se sirve de las cosas más excelentes y más instructivas para los que tienen necesidad, para tenderos lazos y anular en cierto modo los efectos de mi trabajo divino. En efecto, ¿qué os serviría haber pasado por tal o cual estado de los más purificantes en sí mismos, si os gloriáis en un momento, os preferís a los otros y os hincháis de gloria vana, por aquello mismo que debía servir para aniquilarla en vosotras?... Temed, temed el orgullo más que todo.

            El alma humilde se tiene sencillamente en su nada, sin buscar ni querer jamás apoyo en sí misma; le basta saber lo que debe creer y hacer en todo tiempo y permanecer obediente. Esta alma está segura; sabe cuál es su impotencia, y por esta causa teme los juegos de su imaginación que podrían extraviarla. Así es que no quiere escudriñar su camino, ni el estado en que se encuentra: prefiere vivir como una niña pequeñita. En verdad os digo: el que vive así, encuentra la vida bien simplificada, y la purificación se hace más fácilmente, sin que lo piense, pues mi bondad paternal y omnipotente le enseña en todo la humildad, la caridad, la indulgencia, y se cree siempre demasiado bien tratada por Mí, por aquellos que la dirigen y por sus hermanos…

            Dichosa el alma que me deja obrar en ella como pequeñita; Yo mismo la trato como a tierna niña y no dejo de obrar en ella, para mi mayor gloria, con más facilidad y provecho…

12.- Simplicidad de vida; referirlo todo a la unidad.

            En vuestras arideces y sequedades, haceos niñas, perseverad y permaneced en Mí, sin encerraros dentro de vosotras… Acordaos de que vuestro único negocio, en las tinieblas o en la luz, en la sequedad o en el consuelo, en los hastíos o en las delicias espirituales, es uniros a Mí, vivir de mi voluntad, procurar, en verdad, mi gloria.

            He aquí el centro de vuestra vida, al cual es preciso tender sin descanso, al cual habéis de referir todas las cosas: la unidad, la voluntad divina, la caridad…

13.- Cómo se debe uno conducir en las sequedades y amarguras.

            ¡Oh! amad esta voluntad santa, buena, omnipotente, infinitamente sabia, que no quiere más que el bien. A pesar de las nubes borrascosas, ella permanece, y podéis uniros a ella por la fe… Amadla por todos aquellos que la blasfeman y la ultrajan; acordaos de que en esas mismas horas podéis hacerme la reparación que más me agrada… En nombre de todas las criaturas, en vuestras oscuridades, sequedades y amarguras, permaneced fieles, diciendo: Padre, yo no soy digno de vuestros favores, ni de vuestras luces, ni de vuestros socorros, ni de vuestro amor paternal: todo lo que he recibido es un don vuestro, una gracia inmensa… Gracias porque me hacéis experimentar en esta hora mi impotencia y lo que yo sería sin Vos; es bueno que yo lo experimente. Lo mismo que un niño, yo gozaba del cúmulo de vuestros beneficios sin comprender su valor y alcance, como de un bien que me pertenecía en propiedad, y no pensaba que con toda justicia y sin ofenderme en nada, podíais despojarme de ellos… No he sido bastante agradecida a vuestros dones; no los he hecho valer con fidelidad; no me he compadecido del sufrimiento de los que estaban privados de ellos; no he reparado por aquellos que no os agradecían vuestros beneficios o se servían de ellos para prevalecer y ofenderos, por aquellos que os blasfeman no queriendo reconocer vuestros derechos soberanos y vuestra calidad de Padre infinitamente bueno… Es bueno que yo haya sentido la sequedad, recogido el fruto del pecado y gustado su amargura, viendo cómo ha corrompido el gusto del bien, de lo bueno… Pero, por encima de lo que yo siento, Vos sois y yo os quiero; Vos sois el Bien infinito que dais la fecundidad, el rocío y el sol. Mi alma es la tierra desolada, pero en un instante podéis renovarla, darle una vida nueva… Sin Vos, nada soy y nada puedo; y soy feliz en esa nada que ocasiona la manifestación de vuestra gloria y de vuestro Amor Misericordioso para conmigo.

            En vuestras sequedades, lejos de afligiros sobremanera, y sobre todo desalentaros, unís a Mí, como María, con María, en nombre de vuestros hermanos; pedid para todos gracia, socorro, fortaleza, luz, consuelos, de los cuales tienen necesidad para permanecerme fieles y responder a mis designios.

14.- El amor verdadero se prueba en los sacrificios.

            No seáis, sobre todo, de aquellos que no me son fieles sino cuando les hago caricias y beneficios. El amor verdadero se prueba en los sacrificios. Cuando me oculto a vuestra vista y a vuestros sentimientos, creed que es para ver si verdaderamente me amáis por vosotros o por Mí, si me sois fieles por vuestro gozo o por mi gloria… Alegraos de poder darme testimonio de vuestra confianza, de vuestro amor, de vuestra seguridad en Mí, eso prueba que tenéis fe en mi fidelidad, en mi amor paternal, en todo lo que hago para daros testimonio de ello; que anteponéis el testimonio de la fe al de los sentidos y a todo lo que podéis experimentar en vosotros mismos, lo cual no es más que la obra de la naturaleza o de Satanás…

15.- Tener la fe por brújula.

            Que la fe sea vuestra brújula y os lleve sin cesar a Mí. Mirad cómo los pilotos y aviadores se conducen en medio de la bruma… ¿Habéis de tener vosotros menos confianza en mi suprema Bondad? ¿Habéis de tener menos fe en mí, menos seguridad para permanecer en paz, abandonándolo todo a mi cuidado?...

            Sin embargo, fijaos bien, el piloto y el aviador no dejan de hacer lo que deben; la brújula no deja de moverse. Igual sucede con la fe, que os indica la ruta, el término a donde habéis de tender; pero es preciso hacer el esfuerzo necesario para vencer la naturaleza y avanzar. En la sequedad, no basta clamar “¡Señor!”, sin hacer nada; es menester trabajar sin desfallecimiento, hacer lo que tenéis que hacer, implorando mi gracia; es preciso que permanezcáis en la paz y en la caridad, no haciendo que los demás lleven vuestra carga… Olvidaos de vosotros mismos y no penséis más que en mi gloria, la cual debéis procurar si de verdad queréis servirme, amarme y cumplir mi divina voluntad, como María…

            ¡Permaneced con vuestra Madre en mi divina caridad!

P. M. SULAMITIS.



[1] Matth. XIII, 3-23; Marc. IV, 3-20; Luc. VIII, 4-15.
[2] Joan. III, 19.
[3] Joan. XII, 24.
[4] Joan. XV, 2, 8,
[5] Matth. XXVI, 41; Marc. XIV, 38; Luc. XXI, 36; Matth. XXIV, 43; Marc. XIII, 33; Luc. XII, 39.
[6] Act. I, 14.