domingo, 21 de agosto de 2016

"¡Centellitas!: El apostolado"



¡Cómo seremos apóstoles! – La Visitación

Entre todos los misterios hay uno sobremanera dulce que parece expresar, resumir, los principales deberes y misión de cuantos se consagran al apostolado. Abarca la vida interior al mismo tiempo que la vida de acción. ¿Hay por ventura apostolado más verdadero y fecundo que el de la Virgen María, por medio de la cual el divino Salvador santificó a su Precursor? – Pero fijémonos en lo que en este divino misterio hacen tanto Jesús como su Madre.

María, desde luego se muestra fiel a la inspiración, a la voz del Señor que habla por medio de su Ángel. María cree y responde al instante: “heme aquí”. Parte ligera – es obediente y no admite demoras – a través de montañas y dificultades… Para ello, se olvida de sí misma, abandona su soledad, la alegría de su reposo y recogimiento. Lo sacrifica todo y no repara en molestias propias, por llegar adonde el Amor, adonde el deber la llama… Pero, notémoslo, lleva consigo a Jesús, a su Jesús dentro de sí, y mientras camina, Le adora, Le alaba, Le ama, y en verdad que Le da pruebas bien manifiestas de su amor. Se une a Él, Le ofrece y se ofrece a sí misma: es su cielo, “Cielo de Amor” allá en su interior.

Ha llegado ya al termino de su viaje María… ¿Qué hará, pues si su alma no puede contenerse dentro de sí? … Su prima le dispensa cariñosa acogida, la saluda, le dice que es bendita entre todas las mujeres, ¡y que es bendito su Jesús!... ¡Oh! he aquí la alabanza que, para ella, sobrepuja toda otra alabanza… Todo lo demás poco importa, nada significa, apenas presta oídos a ello… Su corazón tan sólo se muestra sensible a las alabanzas que se tributan ¡a su Divino Amor! ¡A su Divino Infante!

Por respuesta Ella canta, alaba, glorifica y engrandece a Aquel que la ha elegido, que ha realizado tan portentosas maravillas.

“¡Magníficat ánima mea Dominum! ¡Mi alma engrandece al Señor! Le enaltece y Le pregona grande y admirable… sobre todas las cosas… y querría engrandecerle además con el espíritu y corazón de todas las criaturas, manifestándoles los beneficios que han recibido de Él. ¡Oh humildad de María que le hace olvidarse a sí misma para que Dios sea mejor conocido y amado… humildad que le proporciona la dicha y felicidad!

Mi alma engrandece al Señor “y mi espíritu se regocijó en Dios mi Salvador”… y la causa de esa alegría que ella encuentra fuera de sí, en Dios, es “porque miró la bajeza de su sierva”. Ha sido para ella “Amor Misericordioso” el Señor. Abajóse hacia su pequeñez… y porque la halló la más pequeña en sus ojos, la encumbró a la mayor dignidad… la hizo la más grande… la convirtió en su reino… descendiendo a ella el Divino Verbo y con Él ¡los Cielos!

“En adelante me llamarán bienaventurada todas las generaciones; porque ha obrado en mí grandes cosas el Omnipotente: y santo el nombre de Él”. ¿Y cuál es ese nombre santo y santificador del mundo? … ¡Es el nombre del Salvador!... ¡Jesús! … su nombre de “Amor Misericordioso”… ¡su nombre de Dios todo bondad!...

¡Oh, sí, María, sois bienaventurada, porque Dios ha obrado en vos grandes cosas!... Ninguna mayor que descender a vuestro seno… elegiros por Madre suya… entregarse como Salvador por mediación vuestra… servirse de vuestra cooperación para manifestarse al mundo, ¡para realizar la obra grandiosa de la Redención! … Portentosas maravillas hizo en vos, pero no las hizo solo para vos. Aún continúa su misterio ¡quiere asociaros a su misión! ¿No es cosa todavía mayor, que el Señor del mundo, en vez de obrar directamente, divinamente, quiera servirse de un instrumento humano, quiera ser llevado a las almas por medio de su Madre?...

¿Y cómo se realizará el apostolado de María? Será realizado con suma fidelidad y caridad; será un apostolado lleno de la mayor sencillez, oculto bajo una acción corriente y común. María va a visitar a su prima para prestarle los humildes servicios que su posición requiere; y esta disposición humilde y caritativa; esta correspondencia de María a la Divina Voluntad conocida, le basta a nuestro buen Dios. No es menester ninguna otra cosa más. Con esto nos da a entender que lo que Él desea es nuestro consentimiento, la fiel correspondencia a su divina moción. Quiere que cumplamos cuanto Él dispone y ordena, no porque tenga necesidad de nuestra cooperación, sino para obtener nuestra obediencia. Exige de nosotros prontitud sin la más ligera demora o resistencia, sin inquietud ni falsa prudencia, sin temor al sufrimiento, sin vehemencias de mal entendido celo…; nos exige sencilla y constante fidelidad al deber presente, no pretendiendo hacer ni más ni menos que lo que El quiere, y en el modo y manera como actualmente lo quiere.

¿Y qué hace Jesús en María durante este tiempo? ¡Jesús es el Amor que se manifiesta! ¡Es el Amor que santifica! Él es quien hace saltar de gozo al Bautista en el seno de su madre. Él quien comunica a este pequeñuelo, que tan grande llegará a ser, conocimiento y amor; y con este conocimiento y amor la verdadera felicidad.

¿Y cuál fue la obra de María? Porque nada hemos notado. María ha sido fiel, y nada ha reservado, nada ha reservado ni retenido para sí misma: dejó a Jesús obrar libremente, y desempeñó ella el oficio de simple cooperadora. ¡He aquí el Apostolado! He aquí nuestro modelo en el ejercicio del mismo. Sí, acá en el destierro, cada alma tiene su misión, las que se sienten abrasadas por el celo santo, han de conformar su acción con la de María, en este divino misterio.

No es la palabra la que convierte las almas. La santificación es obra del Amor… y es el Espíritu Santo quien la lleva a cabo por medio de su divina unción. Él, y no otro, ha de ser quien obre en ellas, y le comunique sus celestiales dones. El apóstol, pues, debe vivir dócilmente subordinado a su acción, a sus mociones divinas: 1º Con humildad profunda y santo recogimiento, para poder comunicar lo que guarda en su interior; 2º Con el ejercicio habitual  de la abnegación, para no dar jamás a criatura alguna nada de sí mismo, es decir: nada natural, nada humano; 3º Con espíritu de sacrificio, de caridad, para no desdeñarse nunca de ejercer oficios humildes y repugnantes; 4º Con olvido total de sí, para mejor pensar en el Señor; para enaltecerle siempre y ensalzarle, y traerle nuevas almas cada día que le alaben también, y sean encendidas en las llamas de su divina caridad. De esta suerte el Amor no estará ocioso; surgirá potente, abrasados, y santificará, y se dará a otras almas, almas que a su vez se convertirán en Apóstoles… en hogueras de amor divino… en “Cielo de amor” para el amor.

¡Oh Amor Misericordioso, realiza, Tú, esta obra!...
 P. M. SULAMITIS.

(Extracto de "Centellitas". Con licencia eclesiástica).