domingo, 5 de junio de 2016

"La ocupación del Rey de Amor es amar"

¿Qué hace el Rey de Amor?

Su ocupación constante es ¡amar!...

Pero, ¿qué es amar?... Amar es unirse…

¿Y a quién Ama?... A sí mismo, a su propia Divinidad: a su Santa Humanidad.

Ama todo lo que es suyo, a todas sus obras, –y a las primeras de ellas que son: el Ángel– y el hombre, sus criaturas, y a esta última ama tanto, que se hizo semejante a ella para volver a conformarla con Él.

La ama con tal exceso, que ha muerto por hacerla partícipe de su vida.

La ama tanto, que se ha hecho Hostia pequeñita, para inocular en ella su Vida…

La ama tanto, que hasta le comunicó su propio espíritu, para que viva su misma Vida.

¡Oh! ¡Quién podrá nunca comprender los castos y divinos abrazos de Jesús, cuando viene a nuestra alma en la Sagrada Comunión, y los que también nos da a cada instante, no menos inefables, por medio de las inspiraciones de su divina gracia!

Nos ama… Se entrega… Se derrama en nosotros, que estamos tan bajos.
            
Ama a su Padre; y para darse, se ofrece… Se ofrece sin cesar… Su vida es un don recíproco de Él a su Padre y de su Padre a Él.
            
Se ofrece y nos ofrece a nosotros, porque nos ha fundido en Él. Así es el Amor de Jesús… ¡su Amor es dádiva!
        
El Amor es el que produce en Jesús este doble movimiento de unión: unión con nosotros, –unión con su Padre– unión (en Él) de nosotros con su padre.
        
El Rey de Amor, goza descansando en nuestro interior en un perpetuo y doble movimiento de unión, que desea continuamente comunicarnos.
      
Es su actuación como Rey, – su gobierno, – su ley.
         
El Rey de Amor (tan justamente llamado así), es todo celo y actividad por la gloria del Padre y del Espíritu Santo, por la gloria también de su Santísima Humanidad. Arde en deseos de comunicar su fuego, su vida, a sus amados súbditos y lo hace según la medida de su fidelidad, y las buenas disposiciones que tiene para recibirlos.
       
Este Rey de Amor, todo bondad, vive en el interior de ese pobre y miserable reino para colmarle de beneficios, para prodigarle su Amor Misericordioso.
         
Allí está como médico que sana todas las enfermedades. Se da en alimento a las almas; y de su propia sangre, hace el bálsamo, para ungir y cicatrizar todas sus heridas. Es el remedio de todos los males, el consolador de todos los afligidos, la fortaleza de los débiles, la riqueza de los pobres, la luz de los ciegos, el amigo de los desamparados, el defensor de los oprimidos, el rescate de los cautivos, la salvación de los pecadores.
        
Todo esto es el Amor Misericordioso… Ningún Rey ha sido ni será jamás comparable con Él; nadie es tan bueno como Él.

Pero este Rey tan amable, este Rey tan bondadoso, tiene a su vez anhelos y sufrimientos propios; el Amor tiene sed de amor, Jesús quiere ser Amado.

¡Amar y ser amado; es la vida de nuestro Rey de Amor!

¡Y no le amaremos también nosotros?

¿No aspiraremos a esa unión con todas nuestras fuerzas, puesto que lo declaramos nuestro Rey?

Hemos visto ayer, que esto constituía su mayor goce; no nos contentemos con una unión cualquiera; que ésta, por el contrario, sea objeto de nuestra vida de amor, una unión íntima y estrecha… que todos nuestros pensamientos, palabras, acciones y sufrimientos, sean no solamente de unión, sino medio al mismo tiempo para estrechar la unión.

De este modo se fortalecerá sin cesar en nosotros, la vida divina… y el Rey de Amor gozará del fruto de sus trabajos y de sus larguezas.

Pero somos tan frágiles, tan corrompidos en el fondo, por el pecado original y nuestros pecados actuales, – ¡hay en nuestra existencia tantos vacíos, tantos quebrantos!

El Rey de Amor es el reparador de faltas, como es el santificador de las obras. Tiene pasión por perdonar y su mayor goce es actuar como Salvador.

Siente especial predilección por los más pobres, los más humildes; los que tienen mayor necesidad de Él; por aquellos a quienes mayor bien puede hacer…

Pero este amor, pide en correspondencia, una ilimitada confianza, proporcionada, no a nuestro propio corazón, egoísta y reducido; sino a la liberalidad infinita del Amor Misericordioso, que da y se derrama sin medida; y con efusión sobre los más desvalidos, comunicándoles a ellos también la pasión de amar, con el mismo amor que somos amados, aspirando incesantemente este amor del Corazón mismo de nuestro Rey… ¡Corazón Divino!... ¡Horno de Amor!... ¡fuego devorador! que sólo puede saciarse encontrando combustible que lo alimente.

¡Oh, Rey de Amor! ¡Yo os traigo este alimento, ese combustible,  en mi pobre alma! ¡Prended en ella un incendio, consumidla!

¡Os amo, con vuestro propio Amor! Y no solamente por mí, sino por el mundo entero.

¡Oh, Jesús! Vos que por vuestro Divino Espíritu podéis crear y renovar todas las cosas, formaos numerosas almas de Amor, que compongan la corte de vuestro Sagrado Corazón.

¡Oh, Rey de Amor! No dais más que Amor y no pedís sino Amor: ¿Queréis Amor?... Nosotros os lo prodigaremos; y para que sea digno de Vos, sumergiremos nuestros propios corazones en el vuestro y os lo ofreceremos en vuestro propio Corazón, abismo de Amor, y hogar ardiente de la Divina Caridad.

¡Oh, Rey de Amor! Me entrego a vos como pasto de ese fuego. Haced que yo sea vuestra gloriosa conquista; y multiplicad esas conquistas, ¡oh Rey de Amor!

(Del "Mes del Rey de Amor". Con licencia eclesiástica).

jueves, 2 de junio de 2016

"Fiesta del Sagrado Corazón de Jesús y y tercer día del Triduo: Vida de intimidad con Jesús"


Hay muchos grados de amistad. Somos amigos cuando amamos, cuando se tienen los mismos ideales o las mismas inclinaciones del Corazón. – Cuando el que amamos es bueno, cuanto mejor le conocemos, más lo amamos; porque así fue formado nuestro corazón, todo bien lo atrae: verdadero o ficticio, según responda a su deseo o necesidad; o tiende a satisfacerla.

Por eso, hasta el que está dominado por la codicia, por ejemplo: que se deja arrastrar por todo aquello que crea más propio para satisfacerla.

Pero el alma cuanto más se purifica, más sedienta se halla del verdadero bien y tanto más desea encontrar la perfección y darse a ella.

El conocimiento de las imperfecciones enfría el amor en esta alma que busca entre las criaturas alguna que le satisfaga… y no la encuentra.

Pero Jesús habla un día a esta alma de un modo más íntimo (porque Él habla secretamente al alma por las inspiraciones de la gracia y la luz de su Espíritu desde que mora en ella) y este día, con tiernas palabras, se le muestra más claro, más apremiante, más amoroso, más sediento de amor, como lo hemos visto en el primer día del Triduo; y el alma comprende entonces que hay un ser en la tierra que, aunque siendo llamado Dios Todopoderoso, recibe también el nombre… ¡de Dios Amor!... que este Ser, infinitamente grande, quiso reducirse a nuestra flaqueza para amar y ser amado; para poder vivir con nosotros en una intimidad verdadera que no excluye el respeto, pero que no hubiera podido aunarse con el brillante esplendor de su Majestad divina.

Y esta alma comprende ahora la razón de esos divinos anonadamientos… el Amor es la causa.

El amor ha despojado a Dios de su magnificencia para venir a buscarnos a nosotros… ¡a mí!... ¡a los demás! ¡a todos!...

Pero, ¡cuán pocos lo comprenden y cuán pocos responden! ¿Quién lo creyera? Y aún entre las almas que comprenden y que Jesús ha tratado como amigas ¡qué pocas le son fieles!...

Al menor soplo de tentación, a la más ligera insinuación del enemigo, desoyen la voz de Jesús, que les repite, como antes a sus Apóstoles: “velad y orad para que no seáis sorprendidos; velad y orad para que no sucumbáis” – Y lejos de velar y orar, nos creemos fuertes y parlamentamos con el enemigo; y Jesús calla… y sufre de nuevo la agonía en que nos tuvo tan presentes… – con todos los peligros que corremos en este momento.

Se nos traspasaría el corazón, si viéramos los desengaños sin número que sufre el Amor Divino. ¡Preferencias odiosas… indiferencias… cobardías!

En la balanza de Adán, de un lado estaba la manzana, del otro, la voluntad de su Dios… en la nuestra, a veces, hay menos todavía… un harapo, un átomo de basura, de barro o de polvo de oro, – pero polvo al fin. – Una mirada de satisfacción, una palabra punzante… y todo esto, no una vez, ¡sino cuántas en el día, dejándonos arrastrar por aquello que es contrario a lo que el Divino Amor nos pide!

Hay muchos grados de amor, ya lo hemos dicho.

Hasta Jesús tiene sus preferencias: – los sencillos, los pequeños, son sus mejores amigos, sus preferidos. –

Tiene también luego atenciones inconcebibles y delicadezas conmovedoras para los amigos recuperados que vuelven a Él.

Tiene, en fin, sus secretos íntimos, de corazón a corazón, independientes de todo sentimiento y de toda mira – sin demostraciones sensibles – como no sea un aparente abandono (como el del Padre para Jesús – como el mismo Jesús lo tuvo hacia María su Madre). – Es un soplo purísimo, un céfiro, una íntima correspondencia, una luz penetrante que se recibe por medio de un amoroso asentimiento – un convencimiento sorprendente al que, sin razonar, se adhiere el alma.

Más frecuentemente es la fe sencilla y escueta en la paz; la alegría de la verdad en el anonadamiento de la criatura, que se sienta en su lugar, viendo a Dios puesto en el Suyo, y sabiendo ¡cuán amoroso y bueno es!

Hay muchas clases de amigos, tratados por Jesús de distinto modo; pero también ellos responden de muy diversa manera. Muchos aman a Jesús por su propio interés y satisfacción; pero pocos le aman por Él mismo. – Muchos le aman a la hora de sus atenciones y sus dádivas, en medio de sus alegrías; pero le abandonan cobardemente cuando los prueba y cuando sufren. – Dicen, como San Pedro, en el Tabor: “Señor, ¡qué bien se está aquí!”… Quieren estar con Él mientras multiplica los panes; pero se duermen cuando le ven en la agonía… Huyen cuando sus enemigos le atacan; se avergüenzan de que los reconozcan como partidarios y amigos suyos, y tiemblan… se disculpan… reniegan: ¡y cuando le crucifican y blasfeman, se encuentra Solo con algunos amigos!

¿Estamos nosotros entre ellos?...

¿Somos amigos íntimos de Jesús, no siendo fieles para las pequeñeces y no sabiendo sufrir por Él? ¿Cuál es entonces nuestro amor?...

¡Palabras!... ¡sensiblerías!... ¡nada sólido!... ¡nada que valga!...

Determinémonos ya a vivir con Jesús como con un íntimo y verdadero amigo. – Él nos llamó primero: respondamos nosotros con la confesión de nuestras flaquezas, ingratitudes y desmayos, pero que el amor domine nuestra pena y confusión; lloremos nuestras faltas, pero más que por nosotros mismos, por la pena que causaron a su Corazón, al que tanto hicimos padecer y esperar ¡al que tanto ofendimos con nuestro abandono!... ¡y amémosle!... ¡Que hasta las faltas de amor nos sirva para animarnos a amarlo más y más!

Hay que amar doblemente, cuando antes se ha amado poco; hay que duplicar el amor, para repararlo; hagamos, en fin, cuanto se hace cuando se ama. Desde el primer momento el corazón se siente atraído por su Amado Bien; y Él arrastra continuamente a la voluntad y al espíritu; porque al pensar en el Amado, la voluntad se siente constantemente impulsada a complacerlo.

No se mira si existe sacrificio cuando se trata de hacer algo por el Ser Amado.

Ha habido afectos tan grandes, que hasta hacían perder el hambre y el sueño, porque el alma ya sólo vivía unida a la de su Amado.

Tales fueron los Santos… amigos apasionados de Jesús.

¡Ah! ¡Todos quisiéramos también serlo!... Jesús, asimismo lo desea; pero debemos observar, que para que la amistad alcance en nosotros intensidad, preciso es que el amor que a Jesús le tengamos sea más exclusivo… ¡más particular!...

No se pueden tener dos amigos preferidos… (a menos de que un mismo lazo los una); el afecto del uno, perjudicaría al del otro, o por lo menos, lo debilitaría.

Los Santos sacrificaron, cuando fue menester, todos sus amigos, para no tener otro amigo que Jesús;… y nosotros, en cambio… hasta a nosotros mismos nos amamos demasiado, con excesiva ternura, con amor de preferencia… Sí, en todo cuanto vemos, oímos o experimentamos, siempre parece que una voz secreta nos dice: ¿y yo?... Y en seguida la imaginación trabaja… aproxima… reviste… Ese “¿yo?” se liga a todo lo que se ve, a todo lo que se oye; y siempre busca una aproximación… un apoyo… una complacencia… Ese “yo” es nuestro mejor amigo. ¡Con qué afán tomamos su defensa, si lo atacan! ¡Qué indulgencia tenemos para con él!... Siempre hallamos manera de excusarle; y no toleramos que se le vitupere o se le censure. Si no le estiman o no le quieren tanto como deseamos, nos compadecemos de él hasta derramar lágrimas de ternura (o de sensiblería); y si sufre, quisiéramos que todos se afanasen a su alrededor. Sin cesar pensamos en él, y ponemos toda nuestra preocupación y nuestro mayor empeño en procurarle algún alivio. Y todo esto lo hacemos casi inconscientemente de tanto como le amamos.

¿Quién hizo más por su mayor amigo?...

¡Sin duda, no hemos comprendido que ese “yo”, nuestro amigo querido, lo es también de Satanás; y que, por consiguiente, es el mayor enemigo de Jesucristo!

¡Si queremos ser amigos de Jesús, debemos renunciarnos a nosotros mismos!... renunciar a tenerme a mí mismo por amigo, y saber tratarme desde ahora como a enemigo, colocando a Jesús en mi lugar, para conducirme con Jesús con el esmero con que me conducía conmigo mismo.

Pidamos a María nuestra Madre (que también lo es de Jesús) que nos enseñe a hacerlo.

Para amarse es preciso conocerse; verse a menudo, desahogarse con el amigo, contarle penas y alegrías; tomar parte en las suyas, olvidarse a sí mismo por Él, supremo y único objeto de nuestra vida. Cuando el corazón así se entrega, el alma no vive ya en sí; ya no tiene otras miras, ni otros gustos ni otras voluntades que las de su Amado.

Si en ella reaparece alguna aspiración personal, pronto la sofoca, porque toda su vida depende ya de la del Rey Divino.

Esa dichosa vida de intimidad con Jesús, es preciso que empiece ya. Que sea Jesús nuestro único, nuestro íntimo amigo; y amaremos a los demás como Él los ama, con su propio amor. Vivamos con Él… ¿no dijo ya que “allí donde Él esté, quiere que estén sus amigos?”.

¡Por Él iremos al Padre, le conoceremos!; y como su alimento es la voluntad del Padre, ella será también nuestro alimento: oraremos por su oración; nuestros deseos serán los suyos; amaremos por su amor; y este amor (con que le amó el Padre) – ya lo dijo – morará en nosotros. No tenemos que buscarle muy lejos; vive muy cerca Jesús, real y presente; ¡nuestro Dios, el Amor mismo!

¡Oh, qué vida de intimidad! ¡Qué vida de unión podemos tener con Él… tendremos un mismo espíritu; imprimirá en mí sus movimientos; sus alegrías, serán mis alegrías y mis penas serán sus penas; volaré al encuentro de sus menores deseos y ya no viviré más que para complacerle!

¡En los sufrimientos de mi alma y de mi cuerpo, ya no estaré solo! ¡Todo le pertenece! ¡Quiere que yo complete lo que falta a su Pasión…! ¡Qué favor tan grande!

Desde ahora, en todo cuanto vea o sienta, ya no me buscaré a mí mismo, sino a Él… Con qué amor mirare a mis hermanos… por Él… ¡Cuánto desearé el advenimiento de su Reino de Amor! – ¡Desearé que reine como Él quiere reinar: por medio de la Caridad! – Para ello tengo que revestirme interior y exteriormente de mi Dios… que todo en mí hable de Él… – Que con sólo acercarse a mí, le reconozcan y, de tal modo le imite, que sea su imagen la que en mí vean, cuando me presente ante el Padre, y ante los hombres: imagen de su Amor Misericordioso. –

Que mi vida sea una continua alabanza –una ofrenda de todo Él–, una viva acción de gracias y una reparación perpetua de la gloria que le arrebata el hombre; una súplica incesante para que su Padre le devuelva esta otra gloria que Él sacrificó y veló por su Padre.

Pero en lo que más se complacerá Jesús, será en un alma infantil y sencilla que se entregue plenamente y se consuma en el cumplimiento de su voluntad; un alma cuyo único gozo sea agradarle y satisfacerle, estimándolo como una merced, aún cuando sea a su propia costa. – Un alma que tenga con María, como con el Padre Celestial, la confianza de un niño; un alma sencilla, ignorada, toda escondida en Dios–, sólo conocida de su Sagrado Corazón; cuya vida sea una continua sonrisa de bondad para atraer a su Amor a los pecadores y los tímidos: alma que oculte su propio sufrimiento a los ojos de los demás, no dejando ver más que flores… y respirando sólo amor: un alma pequeñita, que no sabiendo como mostrarle su amor, se deja llevar de su mano, se abraza y se adhiere a Él, suplicando al Padre Celestial, que la permita glorificarle. ¡Cuanto más pequeña y miserable se sienta, mayor será su confianza en su Misericordioso y Divino Amigo, más segura estará de su Amor!

Tengamos la fe firme en Jesús: en el poder de su Amor Misericordioso; esta fe es su gloria y su alegría. – Recurramos a Él continuamente… Corramos hacia Él a la menor dificultad que se nos presente.

Es la luz… la riqueza… la omnipotencia…; todo lo que nos falta, se halla en Él…

Puesto que se rebaja hasta casi mendigar nuestro amor… puesto que nos ha elegido por amigos…, digámosle con María ¡que Él será nuestro único Amigo! Y supliquemos a esta buena Madre que nos guarde y nos enseñe lo que debemos hacer para serlo.


Todo con Él…, nada sin Él…, Todo para Él…, como Él…, en Él…, todo Él…

(Del "Mes del Rey de Amor". Con licencia eclesiástica).

"Segundo día del Triduo: Los Amigos de Jesús"


“Sois mis amigos si hacéis lo que os mando… Ya no os llamaré siervos, porque el siervo no es sabedor de lo que hace su amor: os he llamado amigos, porque os he hecho saber cuántas cosas oí de mi Padre”. (Discurso, o Sermón de la Cena. – San Juan, XV, 15).

En estas palabras seguimos recibiendo las divinas confidencias de Jesús.

En ellas es más explícito, más abierto, más confiado que nunca con sus Apóstoles. Hasta aquí los había tratado como siervos: pero en este día les da el dulce nombre de amigos… ¡Amigos de Jesús!... Y Él mismo les indica la diferencia que hay entre siervos y amigos… ¿No nos trata también como amigos a nosotros, habiendo recibido anteriormente, por los santos libros y por sus escogidos, las Confidencias más íntimas de su Corazón?... ¿Qué alma ignorará las acciones y palabras de Jesús teniendo entre las manos el Evangelio y con él todas las manifestaciones de los afectos, pensamientos y disposiciones de su Divino Corazón?...

– ¡Qué bien se llega a conocer el Corazón de Jesús cuando se le estudia en el Evangelio!...

Se adquiere el conocimiento de personas que no hemos tratado nunca, leyendo su vida o estudiando sus pensamientos, palabras y obras. ¿Cómo, pues, prestamos tan poco interés, por conocer el espíritu de Jesús… de su Corazón Divino?

Nos contentamos con saber que tiene un Corazón, exponemos su Imagen en nuestras casas, la llevamos colgada sobre el pecho y hasta enviamos sus imágenes a los demás. Pero… ¡qué poca cosa nos parecería todo eso, si le amáramos de veras!

Fijémonos en lo que nos ocurre con nuestros íntimos amigos; ¡con qué afán tratamos de conocer hasta los más pequeños detalles de su vida!... y cuando están ausentes, ¡cuánto nos gusta que nos hablen de ellos y cómo se graban en nuestro corazón hasta sus menores palabras!... ¡Qué deseo sentimos de conformarnos a sus gustos e inclinaciones!... ¡Con qué placer guardamos sus secretos si nos los confiaron! No quisiéramos olvidar ni una sola letra de cuanto nos dijeron, y frecuentemente lo recordamos con sus amigos.

¡El Santo Evangelio pudiera muy bien denominarse el Espíritu o el Corazón de Jesús!... ¡Con qué amoroso respeto debiéramos mirar este sagrado Libro!... ¡Con qué afecto besarlo!; y ¡leerlo de rodillas! ¡Cómo debiéramos nutrirnos con cada una de sus líneas… verdadero maná celestial que debía ser nuestro alimento, como lo era para Jesús la lectura de la Ley y los Profetas, donde veía la Voluntad del Padre!

Tratemos desde ahora de penetrar más y más en el conocimiento verdadero de nuestro Divino y adorable… Amigo Jesús, tan bueno para nosotros, que nos ha dado su Espíritu.

Si uno de nuestros seres más queridos, a la hora de su muerte, hubiera podido dejarnos su espíritu y su corazón al separarse de nosotros… ¡con qué amor y con qué gozo viviríamos tratando de conservarlo! ¡Con cuánto respeto guardó Eliseo el manto de Elías! ¡Con qué veneración se honran las reliquias de los Santos, sus huesos, sus cuerpos inanimados y hasta sus vestidos! ¡Oh, si nos dieran sus almas para animar nuestras vidas! – Jesús así lo ha hecho… El Espíritu del Amigo Divino mora y permanece en nosotros, denominándole Jesús “El Amor”, porque el Espíritu de Jesús no es otra cosa que Amor. ¿No es de éste el nombre que se da al Espíritu Santo?

El Espíritu del Rey de Amor está en mí. ¿Puede haber en el mundo nada más grande? ¿Puedo recibir un privilegio más excelente? Pero lo esencial es que yo sepa sacar fruto de este don sagrado, oculto realmente hasta hoy en mi pobre humanidad.

¡Por su divino Espíritu está Jesús tan cerca de mí!

– ¡Le tengo además bien próximo, viviendo real y verdaderamente en la sagrada Hostia, donde quiera que se encierra su divino Sacramento! – ¡Oh, Jesús! Y ¿esta pobre miseria es la que recibe tal merced?... ¿de dónde me viene a mí semejante don? – “No sois vosotros los que me habéis escogido a mí, dice Jesús… soy yo el que os ha escogido”…

¡Qué amor de predilección!

¡Oh! ¡Con qué divino amor me ama Jesús al entregarme su amor!... ¡ha hecho de mi corazón un rinconcito del Cielo, convirtiéndolo en su propio Reino! ¿Qué deberé yo hacer para llegar verdaderamente a serlo y responder a su Amor?... Al decirme Jesús que es nuestro Amigo, nos dice también cómo podremos nosotros serlo suyos, porque la amistad debe ser recíproca.

Se muestra nuestro Amigo tanto más cuanto más nos comunica su luz y conocimiento de la voluntad del Padre; y nosotros lo somos tanto más suyos, cuanto mejor aprovechamos este conocimiento, recibiéndole con sencillez y pureza de corazón, abriendo y disponiendo nuestro corazón para mejor recibirlo, adhiriéndonos a Él y conformando con Él nuestra vida.

Vivir en Dios es conocerle y amarle: la expresión del Amor de Dios en el Cielo se hará por medio del conocimiento que de Sí mismo nos dé. Por este conocimiento se unirá a nosotros, iluminando nuestro espíritu, abrasando nuestro corazón, atrayendo nuestra voluntad como un imán sagrado. Y por eso la medida de su Amor hacia nosotros será la del grado de conocimiento que nos comunique.

La expresión de nuestro Amor hacia Él será la adhesión a este conocimiento y dará la medida del amor que le tengamos, la fuerza y la intensidad con que nos unamos a Él y en Él nos perdamos para vivir de su vida.

Aun aquí abajo vemos que cuando queremos que un cuerpo cualquiera se impregne de la sustancia de otro (por ejemplo, un lienzo con bálsamo) tanto más impregnado quedará, cuanto más fuerte y estrechamente los unamos. Y la proporción sería menor, si el contacto fuese más ligero.

Comprendemos mejor una verdad, cuanta mayor atención le prestamos; y cuando nos hemos penetrado íntimamente de algo, lo retenemos mucho mejor.

Así también, se ama y se desea tanto más un bien, cuanto más se conocen y se saben apreciar las excelencias del bien amado.

Así, pues, la medida del conocimiento de Sí mismo que Dios nos conceda (es decir, la medida de su amor hacia nosotros), será la medida de nuestro amor hacia Él.

Cuanto más le conozcamos, más le amaremos; y cuanto más le amemos, más todavía deseáramos conocerle… y más amorosamente le contemplaremos.

Pero, ¿qué vemos actualmente (al menos con los ojos de la fe) en el Corazón de Jesús?...; (porque su corazón es el que atrae nuestras miradas, y su Corazón es todo Él). – Vemos en Él un amor infinito del Padre y de cuanto ama el Padre; por tanto le vemos amar como el Padre a todas las criaturas del Padre, particularmente a aquellas que le ha dado el Padre. – Le vemos con aquella misma inclinación que tuvo en la tierra hacia todos los pequeños, los pobres, los indigentes. – Y también vemos que el Padre quiere que nosotros amemos de la misma manera, siendo como reflectores divinos, que devolvamos a nuestro amado prójimo cuanto del divino Amor recibamos.

Este deseo del Corazón de Jesús está expreso en su amoroso mandamiento: “Amaos unos a otros como Yo os he amado”. – “Seréis mis amigos si hacéis lo que os mando; si así lo hacéis”. – “Y os reconoceré por mis amigos según la medida en que lo hagáis”. – ¡Fácil es comprender la pasión que se despierta entonces en el alma por los pobres, los miserables, los pecadores; por cuantos afligen y ofenden a Jesús! Con estas disposiciones el alma comprende que se asemeja más a Él.

¡Siente entonces como Jesús la misma necesidad de prodigarse, de rodear de atenciones y delicadezas a todos! De perdonar y de hacer el bien por todas partes, – ¿podría ser de otro modo? “El Amor hace semejantes a los amigos”. (Santa Margarita María). Cuando no encuentra esa semejanza, la produce. – ¡Oh, Jesús que tanto me habéis amado! ¡Quiero contarme entre vuestros amigos, amar a cuantos ama vuestro Corazón, y amarlos como Él los ama; y con el amor con que a mí me ama! – ¡Amor Misericordioso! – Amor que abraza todas las miserias y nada omite para entregárselas al Padre… Amor Misericordioso, que brota en el alma por el deseo y la voluntad de parecerse a Jesús, y por el deseo y la voluntad de agradar más y más al Rey de Amor…

El amigo de Jesús, es manso y humilde como Jesús; tiene un corazón de padre, de madre, de hermano, de amigo, para todos los que sufren y recurren a Él. – Cuanto más en falta se esté con Él, con tanta mayor confianza puede buscarse su ayuda. – El verdadero amigo de Jesús como nuestro divino Salvador, es el sostén de los débiles, los consuela y anima con el espíritu que mora en Él y que le alienta y le posee. Es amigo de los pecadores, no para alentarlos en el vicio, sino para sacarlos del precipicio. El que ha delinquido, el que se ve caído, aquel que tiene el corazón herido, necesita otro corazón que le compadezca y le comprenda; que por su misma miseria, le ame; que reanime su confianza y le hable de esperanza, ¡del Misericordioso Amor de nuestro Salvador!...

Hay obras admirables para el alivio de las enfermedades corporales, Sociedades de Socorros Mutuos, etc. Y como decía un santo amigo de Dios, “¡serían mucho más necesarios los socorros mutuos de amor…!” ¡Están haciendo tanta falta para tantos hermanos nuestros desdichados, para tantas almas descarriadas…! ¡Esta será la obra secreta del Amor Misericordioso, donde quiera que verdaderamente reine…!

¡Oh, cuánto ama Jesús a sus verdaderos amigos, los mansos, los bondadosos, los pacíficos, que, como San Francisco de Sales, sólo emplean la ternura de corazón para convertir a las almas, mostrando la fe, rodeada de toda la fuerza y los atractivos del amor!

Tengamos verdadero celo por las almas, pero celo semejante al de Jesús. Guardemos para nosotros la expiación, el sufrimiento; no temamos ni desprecios ni censuras; para que todos puedan reconocernos entre los fieles amigos de Jesús, unidos y movidos por su mismo Espíritu… de Caridad… de Amor Misericordioso… y pudiendo decir al vernos: ¡éstos son sus amigos, porque piensan, hablan y obran, como Él…!


¡Oh, Jesús! Que yo haga bien todo lo que me pides, para que tenga la gracia insigne de merecer un puesto entre los tuyos: entre los amigos de tu Corazón.


(Del "Mes del Rey de Amor". Con licencia eclesiástica).

miércoles, 1 de junio de 2016

"Primer día del Triduo: Divina declaración de Amor"


“Te he amado con una caridad eterna; por eso te he atraído, teniendo piedad de ti”.

Esta frase contiene toda la revelación del Amor Misericordioso que Jesús me tiene a mí, su mísera criatura. – ¡Jesús me ama!...

¿Quién es el que me ama?... ¡Mi Dios! ¡El Eterno Amor! El que se basta a Sí mismo y en Sí mismo encuentra su dicha y felicidad. – No pudiendo contenerse dentro de su Caridad, me ha creado para comunicarse conmigo, para derramar en mi su bondad, y aún antes de que yo existiera, ya me había concebido en sus designios de Amor… ¡ya me amaba!... Desde que Dios existe, me ama y soy obra de su voluntad.

¡Oh, criatura que tan poca cosa eres! ¡Cómo te engrandece el Amor de tu Dios!

¡Me amó con una caridad eterna y por eso me atrajo a Sí!

El amor atrae al amor; porque me ama tiene sed de mi amor, y como entre Él y yo existe una distancia infinita, y nadie puede ir a Él, si Él mismo no le atrae, mi Dios me ha atraído… ¡lo creo firmemente! ¡Así lo siente, en verdad, mi alma! Jesús es para mí un imán irresistible.

Pero ¿cómo puede atraer hacia Sí el Santo de los Santos a un ser tan miserable?... El mismo lo manifiesta: “Porque he tenido piedad de ti”.

“Mi Corazón es el Amor Misericordioso que, conmovido de compasión hacia la mísera criatura, ha descendido hasta ella, para estrecharla en amoroso abrazo.

“Mi gloria y mi gozo consisten, en derramar el bien sobre todo lo que es pobre, débil, vil y miserable.

Porque te amaba, he tenido piedad de ti, que eres cual insignificante partícula de polvo, ignorada en el Universo; y aunque hayas huido de Mí… aunque te hayas sustraído muchas veces a mi Amor, Yo te he traído muchas veces a mi Amor, Yo te he sido fiel, y no he cesado de amarte, de atraerte, porque mi compasión crecía a medida de tu miseria. – Vuelvo hoy de nuevo… ¡Vuelve a Mí!... Cree, hijo mío, ¡cree en el inmenso Amor Misericordioso que te tengo!”

Y… ¿Quién es el que hace a nuestra alma semejante declaración de Amor…?

¡Un Dios!... sí, ¡Dios mío!... Aquél que tan justamente es llamado “El Amor Misericordioso”.

¡Ah! Recibamos estas divinas palabras como último llamamiento que nos hace para brindarnos su Amor un Corazón amigo. Palabras que deben abrir ya total y definitivamente nuestros corazones, provocando en nosotros una confianza sin límites; mirando a Jesús ya verdaderamente como nuestro mejor Amigo.

¡Ah! El que haya tenido la dicha de encontrar en la tierra el dulce e inapreciable tesoro de un amigo verdadero, recordará tal vez lo que fue un día para ellos aquella primera entrevista más íntima, aquella confidencia más completa, aquella declaración de amor en que el alma comprendió y penetró el corazón de su amigo… Aquella entrevista aclaró entonces cosas pasadas, y actos anteriores, cuyo alcance no pudo él antes sospechar, y que no tenían otro objeto que el que logró, al fin, en ese día; y esos dos corazones amigos, abriéndose entonces uno en otro, se comprendieron, y en lo sucesivo reinó entre ellos la unión más íntima, más profunda… unión de corazones, de pensamiento y de voluntades.

¡Aún siendo todo un Dios el Rey de Amor, tiene el Corazón sediento de amores! Busca amigos por doquiera; corre en pos de ellos… llama a su puerta, mendigando amor: “¡Hijo mío, dame tu corazón!”.

¡Cuántas veces no ha venido también a llamar a la puerta del nuestro! Y aún vuelve hoy a llamar diciéndonos: – “¿Qué más puedo hacer por ti que ya no haya hecho?... Te amé hasta bajar a la Cuna de Belén… ¡hasta la Cruz!... ¡hasta la Eucaristía!... hasta darte mi propio Corazón… ¿qué más quieres de Mí?”…

¡Un Dios que mendiga!... ¡Un Dios que se digna rebajarse hasta ese extremo!...

Escuchémosle junto a sus Apóstoles en la última Cena. – ¿No parece un mendigo de Amor, abriéndoles su Corazón, y confiándoles todos sus secretos y el exceso con que los ama… y todo cuanto aún pretende hacer por ellos?... Sabe que le han de ser infieles, pero parece como si cerrase los ojos; su amor es el que se desborda, el que se explaya y los fortalece… – Teme que se vayan, y por eso, deshaciéndose en ternuras, quiere hacer sentir a sus corazones el extremado amor que le consume… el Amor Misericordioso…

¡Ah, no conocemos bien a Jesús!... no se conoce su Corazón… por eso no se le ama…

¡Tantas almas como hay que viven aisladas en la tierra y gimen de continuo por no tener amigos!... ¡Tratemos nosotros de orientarlas hacia Jesús!... ¡Acerquémoslas al Divino Corazón, que las espera y las ama! ¿No es un amigo fiel y verdadero?... ¡Nadie lo creería, a juzgar por la indiferencia con que le miran y le tratan!... ¡Se apasionan menos sus amigos para amarle, que sus enemigos para escarnecerle! – Al ver un Crucifijo o ante la Sagrada Forma, ¿vibran de amor nuestras almas tan íntimamente como vibran de odio las de sus enemigos? – ¿Son tan espontáneas en nuestros labios las alabanzas, como en los suyos las blasfemias?... – ¿Mostramos nosotros tanto respeto y amor por su santa ley como furor e industria despliegan ellos para fomentar el odio contra Jesús?

¡Oh, dolor! ¡Los malvados conquistan más partidarios con sus crímenes que el Rey de Amor con los excesos de su solicitud!...

¡Jesús no recibe sino desconsideraciones, repulsas, ingratitudes, hasta de sus amigos!... ¡Calculemos el sinnúmero de infidelidades y decepciones que en una hora, en un día recibe Jesús, aún de los que le aman!

Pero Jesús no se desanima; es la fidelidad misma… ¡no se cansa de amar!

¡Me ama a mí, quizás el más favorecido, el más solicitado, y hasta casi el más perseguido por su Amor; y tal vez también el más ingrato e infiel de sus amigos!...

¿Continuaré yo haciéndole esperar? ¿No corresponderé todavía a este nuevo llamamiento?

Desde el Bautismo es Dueño de mi corazón, y, sin embargo, tal vez en él esté como Rey destronado, Rey cautivo o solitario, viendo colocado en su lugar el ídolo de mi amor propio. ¿Cuál es el recibimiento que le hago cuando voy a su encuentro por la mañana invitándole a venir a mi pecho en la Santa Comunión?... ¡Tras de breves fórmulas… pronto le dejo!... ¡y corro a mis entretenimientos y ocupaciones ordinarias!... mi espíritu se disipa… mi corazón se adormece… ¡mi voluntad languidece! – ¡Así reposa Jesús en mi alma!... así ha pasado por ella… ¡y por muchas otras el Rey de Reyes! ¡Mi Dios!... ¡Aquél a quien llamamos Nuestro Señor Jesucristo!

¡Oh, Jesús, mi Amor! ¡Mi Rey adorado! ¡Que siendo tan grande, os hacéis tan pequeño, para uniros a mí, brindándome vuestra amistad! – ¡Mi corazón ya es todo vuestro, y toda mi vida deploraré lo tarde que os conocí!

¡Mi vida será todo amor, ternura, reconocimiento y reparación por tanta ingratitud, e indiferencia tanta! ¡Se consumirá toda en adoración y amor!

Quisiera emplearla entera en alabaros y atraer hacia Vos, ¡oh, Corazón tan Misericordioso y Bueno!, a todas las almas humildes que, como los niños, son vuestras predilectas; pero también a los pecadores, a los ingratos, a los indiferentes, a fin de que, alcanzando también ellos vuestro perdón, se conviertan en amigos, apóstoles y defensores vuestros, y que todos nosotros vivamos unidos para desagraviar vuestro Corazón y proclamaros, no ya sólo de nombre, sino con toda verdad:

¡Rey de Amor, Rey de los Corazones!

(Del "Mes del Rey de Amor". Con licencia eclesiástica).

"Preparación para el Triduo en honor de la Fiesta del Sagrado Corazón de Jesús"


“Busqué quien me consolase y no le hallé”

Todos encontramos sobre la tierra algún amigo: algún corazón adicto y fiel… – El Rey de Amor, quisiera también hallar un amigo fiel… un verdadero amigo; Él se los elige, pero no fuerza a nadie.

¡Oh, dichosos aquellos a quienes Él escoge!... Nosotros, los que leemos estas palabras, somos tal vez de ese número; pero es necesario que nuestro amor responda a su Amor… para llegar a ser de sus amigos.

No se trata de ser amigo de un “personaje cualquiera”: ¡es el Rey! Es mi Dios, es el Amor Infinito, quien me escoge… si yo me presto para ser su amigo.

¡Mi Dios… el Salvador del mundo se digna aceptar, mas bien, mendigar el corazón del hombre!... ¡quiere recibir de él un poco de consuelo, algún alivio en los sufrimientos que ha padecido por él!

Nos deshacemos de gratitud por la menor prueba de bondad y afecto que recibimos de los hombres… y un Dios, muere de amor por nosotros, y no se piensa siquiera en ello!...

            ¡Un Dios está en el Tabernáculo, prisionero por nosotros; y apenas se le visita!...

           La fe y la experiencia nos enseñan, que no recibe de la mayor parte de los hombres, sino indiferencia y ultrajes; y nosotros ¿no pensamos siquiera en consolarle?... Cuando vamos a verle, a visitarle, casi siempre es para exponerle bagatelas, mezquindades…

¡Oh, qué error! Se cree el alma noble y amplia, porque se toma la libertad de hacer cuanto quiere, y concede a su espíritu toda licencia; no demuestra eso, por el contrario, la mayor estrechez de miras y la mayor ruindad de un corazón, donde ya no hay lugar más que para sí mismo?

¡Esas almas que se dicen libres son las desgraciadas esclavas de sí mismas!

Ya decía San Pablo: “Los hombres se buscan a sí mismos en todas las cosas”. –Pidamos a la santísima y fidelísima Virgen María, Madre del Amor Hermoso, que nos desprenda de nosotros mismos; y nos presente a Jesús por amigos; – pero amigos de corazón grande, generoso, universal, que se dilata amorosamente, para abrazar todos los intereses del Divino Maestro, prestando su concurso a todos los sacrificios, y poniendo toda su dicha en anonadarse para ser, a imitación del Maestro, un amigo, un bálsamo para su corazón – y un humilde cimiento para las obras de celo de sus hermanos.

(Del "Mes del Rey de Amor". Con licencia eclesiástica).